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Buenos Aires, Agosto de 1910 Señor Miguel de Unamuno Salamanca.
Distinguido señor: Antes de todo permita usted que le dé las más expresivas gracias por su fina atención al ocuparse en escribir sobre un tema que interesa vivamente al círculo de personas que formamos el Club Argentino de Ajedrez. Tanto más importancia damos a lo escrito, cuanto mayor el renombre del que lo hace, sobresaliendo para mí el valor de manifestar con sinceridad sus convicciones, que acertadas o no, defiende con inteligencia y expone con energía. Jamás olvidaré la altivez con que escribió, tal vez el único, cuando falleció el Rey Lusitano; esa página honra a quien la produjo por su brillantez y muy especialmente por el juicio severo que emitió. Son estas y otras razones las que dan a su interesante correspondencia sobre el ajedrez la importancia que le atribuyo, pues sé que leo las ideas de un hombre consciente e inteligente. Voy a permitirme pedirle que soporte la lectura de lo que escribo, pues si mal juego al ajedrez, peor emito pensamientos con claridad y menos con lucidez; pero, nobleza obliga, y a sus juicios voy a hacer algunas observaciones que creo pertinentes y justas, que tal vez lleguen a explicarle por qué el ajedrez, aunque muy generalizado en el mundo, habría verdadera conveniencia en propagarlo en la Argentina. Creo no equivocarme al pensar que si usted, continuando la estela formada por distinguidas personalidades, tanto de la hermosa España como de otros países, visitara esta tierra, donde se recibe con tanta estima, tanto a los que aportan su trabajo o capitales, como a los que nos traen la noble semilla de los conocimientos, para esparcirla aquí, en este terreno ansioso de fecundarla, pues existe en él la materia prima para su asimilación; si viniera, decía, y con observación atenta y su criterio claro viera cómo se va formando esta nacionalidad, llena de vigorosos esfuerzos producidos por tantos y tan diversos elementos, podría entonces darse perfecta cuenta de la capital importancia que tiene para su destino futuro las hoy más pequeñas tendencias. Puede usted creerme que no doy al ajedrez una importancia tal que pretenda que todos se ocupen de él y lo jueguen, viniendo así casi a ser el pasatiempo único. No tal; considero que en un pueblo, lo primordial que él debe tener y por lo que cada uno debe esforzarse, es por su cultura intelectual y física, base de toda civilización, progreso y fuerza. Feliz la nación que pueda tener los suficientes “For all” implantados por Carnegie en algunas ciudades de los Estados Unidos de Norte América. Pero no muchos son Carnegie, ni por el monto de su fortuna ni por el espíritu altruista que él posee, y vemos aquí, con demasiada frecuencia, rasgos de egoísmo empleando el dinero en cosas fútiles y buscando no la utilidad en su fin, sino satisfaciendo la vanidad de ver su nombre grabado para que así quede rememorada su donación. Hay columnas y ladrillos que eso ostentan. Me complazco en esta, como otras tantas veces, en estar conforme con usted en lo que se refiere a la comunión de ideas y pensamientos que debe unir a las personas, pero creo, y esto en contra de su opinión, lo cual nos distancia en este momento, pero bien pueda que al fin quedemos de acuerdo, de que en un Club de Ajedrez tal como nosotros lo tenemos, existe algo de lo que usted no conoce, y que al saber cómo y para qué está constituído, nos acompañe en nuestros propósitos y esfuerzos. Y su juzgamiento se explica por lo que le pasó durante sus entusiasmos como aficionado, cuando jugando largo tiempo con un anciano no supo nunca quién era, ni lo que pensaba. Me atrevo a decir que rara vez el acto personal da exacta medida del ser y valor de las cosas. Citaré el caso de un artista que llegado a esta ciudad actuó bajo la dirección de un empresario de nacionalidad portuguesa y que más tarde, encontrándose conmigo en Europa, me dijo que, según su observación personal, la colonia más numerosa en la Argentina era la portuguesa... Ello se explica por haber conocido a los que rodeaban a su director, los cuales eran sus connacionales; creo que así juzga usted el ajedrez y sus adeptos. Si conociera nuestro humilde “pero limpio” centro, vería que no es como lo que le sucedió y cree que así será en todas partes. En él, al par que un ejemplar igualitarismo social, donde se ven conversar y jugar personas de distintas clases sociales, el modesto empleado, estudiantes de todas las facultades, médicos, abogados, músicos, ingenieros, magistrados, comerciantes, y de varios otros gremios y profesiones; se ve en el salón de lectura quienes leen obras de distintos géneros y tendencias y se hojean diarios y revistas; en la de conversación de charla de las cosas de lejos y de cerca, del socialismo de Ferri, de la astronomía de Flammarión y Gil, de las crónicas de Carrillo y señora Pardo Bazán, al par que de sus siempre leídas con placer interesantes correspondencias y de los hechos de la tierra nuestra, que tanto queremos y a quien la deseamos lo más perfecta posible dentro de lo factible; en la de billar, donde después de una partida de ajedrez se va a cambiar de gimnástica cerebral, al mismo tiempo que dando al cuerpo un ejercicio saludable. Es indudable que, dentro de lo que constituye una sociedad, existen tantos y tan variados elementos y personas que no a todas se les puede pedir tengan una tendencia semejante, puesto que no tienen inteligencia y preparación igual; no todos serán literarios, poetas o dramaturgos de nota. Y aún en la existencia de esos seres privilegiados por la naturaleza, no es posible pedirles que empleen todas las horas de cada día en el ejercicio de una función cualquiera sin variación de ninguna especie, sea ella cual fuere, pues sabido es que el cerebro necesita descanso absoluto y relativo, siendo el mayor el del reposo por el sueño y el del cambio de atención a cosas distintas a las que ocupen su mayor tiempo; es entonces que es preciso cambiar de trabajo, porque la continuidad dentro de un mismo objetivo emplea directamente ciertas partes del cerebro, quedando otras en reposo y que cambiando aquél hacia una ocupación diferente se produce el descanso de los que han estado en mayor actividad; así quien lee, escribe, hace música, pinta o cualquier otra labor intensiva, reposa en cierto modo cambiando de campo o de medios de acción. La gimnasia en varias de sus aplicaciones, remar, calistenia, jugar a la pelota, natación, esgrima y tantos otros medios de desarrollar el físico sin usar los bruscos o peligrosos como el rugby o el box son, a mi modo de ver, preciosos y principales elementos para el desarrollo y sostenimiento del cuerpo y que deben de cultivarse en todas las edades según ellas lo permitan. Su propagación es altamente benéfica, pues es importante contribuyente a la formación de un pueblo sano y vigoroso. Pero si esto es bueno, excelente, no todos lo pueden o lo quieren hacer, y según sus tendencias o medios buscan por múltiples razones otros pasatiempos y diversiones. Y aquí viene el ajedrez a llenar la parte que le toca dentro del orden y desarrollo social. El ajedrez por el ajedrez mismo, si bien estimable por motivos que usted conoce y que enuncié en la nota al señor Vedia, tal como usted lo hacía con su viejecito contendor, no llena los propósitos y fines que debe tener todo acto. En nuestro Club es, puede así decirse, un símbolo que representa la unión de los hombres de todas las edades y clases sociales, con comunión de tendencias que están en contraposición con las abrumadoras que nos rodean, y el centro a donde concurren variados elementos que con diversas aptitudes y gustos, ya sea por contacto en el trato, cambio de ideas y eso que es tan natural, la asimilación por efecto del medio ambiente, se va y se llega a un mejoramiento general. Aunque pueda parecerle una exageración, le diré que lo dicho existe y que tanta influencia tiene, que puedo citarle como cosa cierta la siguiente observación hecha por el que esto borronea. Los socios que ingresan, cada uno de ellos tiene algo que lo diferencia de los ya existentes, el uno el hábito de silbar, el otro el de conservar el sombrero puesto, aquel se expresa en términos inconvenientes, y a veces, lo que es más sugerente, algunos beben whisky u otras bebidas alcohólicas; pues bien, sin indicación directa, sin nada que pudiera ser deprimente para quien lo recibe, todo se modifica rápidamente, y el modo de ser culto y apreciable de los demás socios es asimilado por el novicio. Debo de hacer salvedad con el tabaco, con él no se puede y domina con despotismo, siendo muy pocos los que nos escapamos a este vicio. ¿El remedio? Muy agradecido quedaría a usted o a quien indicara el medio de dominarlo si es que no es posible el proscribirlo. Es así como entendemos y practicamos el ajedrez y tal como tratamos de difundirlo, como un medio moderador de tendencias viciosas que en ls pasatiempos de este país se manifiestan y expanden de una manera alarmante. Tendrá usted conocimiento por nuestras estadísticas y en ellas de solo lo que es posible controlar, las enormes sumas de dinero que se emplean en apuestas de todo género. Si me permite, deseo aprovechar esta ocasión para reproducir aquí dos párrafos de la memoria presentada por la C.D. a la Asamblea del C.A. de Ajedrez y que han quedado desconocidos u olvidados y los que creo deben de ser leídos por los que se ocupen de las causas y efectos del estado normal y social de este país: “Hasta en los pasatiempos y fiestas que son parte de la vida, no se trata de elegir aquellos que sean más higiénicos, ni lo que es intelectual, pues todo esto no produce los goces que dan el juego y el vicio. Y así vemos con sentimiento los que miramos el porvenir moral de esta sociedad, que el juego por dinero va inoculándose y corrompiendo el espíritu público, llegando el escándalo a ser necesario en un centro que es frecuentado por personas de ambos sexos, que la C.D. de él haya tenido necesidad de tomar medidas para impedir que las damas sigan libremente jugando. Si esto se prohibe en público, ¿quién puede hacerlo en privado?, y desgraciado fruto se va a recoger de tan impura simiente, que por desgracia tiene la abundancia de las malas yerbas y de los instintos bajos. ¿Qué moral puede haber en un hogar, ni qué ejemplo pueden tener los hijos, que son los hombres del porvenir, si ya no solo el padre, lo que es demasiado, sino también la madre, se lanzan al juego en las carreras de caballos, la lotería o el tapete verde?” Creo firmemente que usted, señor Unamuno, se dará cuenta de la importancia que tiene la tendencia que desarrollamos, si ella sirve para aminorar, poco por ahora, pero espero que mucho más tarde, la importancia que hoy ha alcanzado “la ola que avanza” de juego por dinero en muchas y diversas formas, cobijándose bajo los pliegues de la santa caridad. La idea de dar un curso de ajedrez en el Colegio Nacional de esta capital, base sobre la que giran todas las ideas y consideraciones que emitimos, necesita una sencilla explicación, para comprender su verdadero alcance y la importancia que se ha pretendido darle, bastándome transcribirle otro párrafo de la citada memoria para que en completa simplicidad se vea lo que he deseado se implante y que a la verdad decir, no he visto hasta ahora expuesto razones con suficiente lógica para hacerme cambiar de opinión. “Deseo, sin embargo, hacer constar aquí cual fue mi idea: deseaba solamente que en el último año del Colegio se estableciese un curso de diez lecciones para iniciar a los salientes de las aulas, en los principios de este juego intelectual, que si bien puede ser perjudicial para los que de él abusen, en general sería un derivativo a la atracción ejercida por tendencias inconvenientes”. Esto es, pues, todo: una ligera iniciación en este juego para que, según tendencias y deseos, se cultive más o menos. Yo creo que no se puede pretender, pues así está constituída nuestra sociedad, que los jóvenes que salen de las aulas del Colegio Nacional y que van a comenzar estudios superiores, entrando a disponer de la precocidad de la raza y por la naturaleza de sus ocupaciones, no se puede pretender, decía, que todas las horas las dediquen al estudio de su carrera, sin tener tregua alguna, y que dentro de ésta solo hagan “conversación íntima y libre”, de todo tiene que haber, siendo lo que usted indica excelente, pero no puede ser exclusivo. Es por lo expuesto que deseo el desarrollo del ajedrez en mi país, a quien veo ir adelante, grande y poderoso en el progreso material y, naturalmente, con tendencias buenas y malas, dominando algunas de estas y las que bajo distintas formas de tratan de combatir, cada una en la órbita de sus fuerzas. A nosotros nos toca una pequeña parte en la lucha y contribuimos con nuestro grano de arena a cimentar el bienestar moral y general, fin a que debe aspirar toda sociedad, a la par de todo otro sentimiento noble. Ahora, si no lo tiene a mal, y eso espero de su natural bondad, voy a emitir algunas rápidas objeciones sobre ciertas ideas y juicios expuestos en su muy estimada correspondencia. Lo del cura socarrón, muy gracioso y bien escrito; pero no habla mucho de la cultura de tal señor, que se asusta de nada y dispara a su casa, la que probablemente estaba situada en un sitio apartado de todo contacto civilizador. En cuanto a lo de “como el caballo”, veo que por allá se habla también mal el castellano, pues nosotros, y eso que maltratamos tanto el idioma, decimos “tomo el alfil”: esto es menos antropófago y mejor español. Y de aquello viene el por “ende”, el que me apresuro a decirle para que no reflexione sobre él como piensa hacerlo, lo empleamos tal vez no muy exactamente, pero por extensión, como “además” y en vez de “por tanto”. De muy distinta manera opino respecto a que el ajedrez llega a “engendrar verdaderas antipatías”, pues no conozco ni de oído o visto, de un solo caso así sucedido, y en mi ya larga existencia, de la cual he empleado una buena parte en viajes, el ajedrez ha sido u motivo por el cual he franqueado más de una puerta o producido un simpático acercamiento con personas desconocidas. ¿Juega usted el ajedrez?, se pregunta a veces, y a una respuesta afirmativa sigue una partida, pues este juego vincula a los desconocidos, así como una francmasonería, pareciendo que quien lo cultiva debe ser persona de buenas condiciones generales, y así lo aseguraba el célebre Morphy cuando contaba que habiendo jugado al ajedrez con personas de todas las clases sociales, desde emperadores a aldeanos, había solo encontrado en ellos perfectos caballeros. Lo de Poe, usted lo dice, y así es, y por lo tanto, vale poco más que nada; es más ingenioso que sólido, bonito juego de palabras, pero sin base de exactitud: muchas veces la inteligencia sirve para presentar de una manera ingeniosa o agradable algo que aparece cosa cierta no siéndolo. Decir que un aficionado de damas necesita mayor “acuite” y “acumen” que uno de ajedrez, solo puede escribirse porque no se conocen uno o ambos juegos, o porque un escritor notable cree poder permitirse decir cualquier inexactitud creyendo que basta que él la diga para que así se crea, sin pensar que es más fácil perder una reputación que adquirirla. Expresar que tiene supremacía en el desarrollo de las facultades del ingenio o inteligencia el que juega las damas sobre el que juega al ajedrez, es no conocer sobre lo que se opina, pues en el mismo final a que él se refiere, con pocas piezas en uno y otro juego, para el último se necesita no solo mayor atención, sino que siendo las combinaciones infinitamente más numerosas, es lógico deducir que son necesarias condiciones superiores. A no ser que por su simplicidad se considere de más ingenio al tres en raya (ta-te-ti, como nosotros lo llamamos), con que se entretienen los niños, o el “chaquete”, en que pasan el tiempo los que no desean pensar intensamente. Lo de las matemáticas, va para los señores matemáticos, y de ello solo diré que si el mal es el exclusivismo de quien lo profesa, así sucede en la generalidad de los especialistas, quienes viven dentro de lo que dedican su vida, y que debemos venerar la memoria de Arquímedes, Euclides, Apolonio, Descartes, Pascal y Kepler, que produjeron tantos adelantos en las matemáticas, aunque pudieron ser exclusivistas. En cuanto a que el juego de ajedrez es de azar, se puede contestar satisfactoriamente que en todo entra algo de él, por ínfimo que ello sea, pero que dentro de los juegos es el que menos lo tiene. Y para concluir, diré que desearía que un observador consciente, juzgando la idiosincrasia de cada pueblo, dentro de sus diversas fases, al referirse a defectos y pasatiempos, se expresaran de algunos así: en tal domina la pasión de las corridas de toros, en el otro la del box, más allá el alcoholismo hace estragos, en aquél el juego con apuestas domina; y leería con grata satisfacción haber contribuido con un átomo a que su juicio sobre la Argentina se condensara así; “país donde los deportes son los ejercicios físicos y el ajedrez”. Lo saluda atentamente José Pérez Mendoza
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