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Empatando con Dios |
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Una partida de ajedrez sólo termina con uno de los siguientes resultados: victoria, derrota, empate. Ganar y perder no necesitan mayores explicaciones, sólo laureles y pésames. Vamos, pues, a discurrir sobre el empatar, émulo del purgatorio. En muchas ocasiones, cuando dejamos huir de nuestras manos un juego ganado, vemos el empate como una derrota. En otras, lo divisamos como una tabla de salvación, una victoria, pues escapamos de perder de una posición inferior. ¿Qué es el empate? Según el Aurélio[1], empatar en el juego de ajedrez significa llegar a una posición en que es imposible dar jaque mate. Nosotros, que conocemos las reglas del noble arte de Caissa, sabemos que esta definición, sino mentirosa, al menos es incompleta. El empate en el ajedrez se puede dar en diversas ocasiones, tales como: a) Ahogado: cuando uno de los lados, siendo su turno de jugar, no tiene ningun movimiento válido para ejecutar, el juego termina por ahogo, y, a pesar del lúgubre nombre, parece un empate legítimo. Este tipo de igualdad frecuentemente es fruto de la prisa y del mal juego de un contendor; en la práctica deportiva es raro que ocurra un empate por ahogo a no ser que sea intencional, planeado como táctica de uno de los jugadores. b) Por insuficiencia de material: cuando ambos ejércitos quedaron tan diezmados que no pueden pretender la victoria, y que acontece cuando la resistencia estóica del rey desnudo es recompensada con el saludo fraterno de su igual, también él desnudo de meritoria compañía. c) Por repetición de jugadas: cuando el mismo diseño es repetido tres veces sobre el tablero, uno de los lados puede reclamar el empate. Para el jugador que tiene desventaja material o posicional, vale la célebre frase de Bilbo Bolsón, el Hobbit Señor de los Anillos: “¡La tercera vez es siempre la más exquisita!”. d) Por jaque perpetuo: cuando uno de los lados, normalmente inferior en su juego, amenaza con jaque al rey adversario ad infinitum. Este tipo de empate es, en la práctica de torneos, una poderosa arma táctica cuando estamos en desventaja y debemos siempre buscar en el tablero, como si fuera oro, la oportunidad de su aparición. e) La regla de las 50 jugadas – en verdad, eufemismo para la falta de iniciativa, cuando uno de los lados no puede imponer su superioridad de material, sea por las condiciones de juego o por mera incompetencia, el juego es considerado empatado. También es poco frecuente en torneos de alto nivel. f) Por combinación entre las partes – por fin llegamos al más importante y controvertido de los empates, el de común acuerdo entre los jugadores. Es de lejos el que más ocurre entre los maestros, siendo algunas posiciones tan complejas que, a nosotros, legos, repetidas veces nos cabe la difícil tarea de visualizar la igualdad entre las piezas blancas y negras. Este empate debería siempre ocurrir por conveniencia de los dos lados, pero, a veces, lo que es peor, beneficia sólo a un jugador. En un torneo mundial de juveniles, ocurrido algunas décadas atrás, bastaba a los dos contendores el empate para que ambos pasen a la segunda fase del campeonato. Se sentaron, se saludaron y jugaron poco más de una decena de movimientos de una línea “trillada” de la Ruy López, empatando enseguida. Para sorpresa de ellos, sin embargo, el juez principal no aceptó la planilla y mandó a que jueguen una nueva partida, pues el resultado combinado perjudicaría a otros jugadores. Los dos quejosos se sentaron, se saludaron y ejecutaron 1.e4 e5 y dijeron que no jugarían más, estableciendo gran confusión en el arbitraje del torneo. Es lógico que se trata de una cuestión de las reglas, que un buen juez puede decidir como proceder. No olvidemos, sin embargo, que el juego tiene un lado ético, moral, que no puede ser despreciado. ¿A quien pertenece el juego? ¿Solamente a los jugadores? ¿Al árbitro? ¿A la sociedad y al mundo en general? Cuestiones relevantes que debemos encarar. Muchos de los empates entre maestros ocurren partiendo de la suposición que el otro lado no se va a equivocar, que la posición está bastante nivelada para que no puedan ocurrir más deslices. Sabemos que, aunque raramente, los grandes jugadores también yerran. Oso decir “Quién nunca erró frente al tablero, que juegue la primera piedra”. El lado psicológico del ajedrez no puede ser despreciado. Muchas veces el empate ocurre por pereza, miedo o cobardía de uno de los lados o mismo de los dos. Acordemos que el empate socializa, es colectivo. Es la única cosa que los dos jugadores pueden querer y conseguir hacer juntos, además de competir. Hasta ahora nadamos en la superficie de los hechos; vamos a bucear en aguas más profundas: En búsqueda de la verdad, nada mejor que rastrear la etimología de las palabras, que traducen, de forma arquetípica, todo su contenido interior. La palabra empatar viene del latín, y significa hacer un pacto, establecer la paz. Es un estado permanente y antónimo del bélico. Por semejanza significa enredar, estorbar al adversario, encontrar un obstáculo que impida la victoria definitiva. En portugués también puede significar invertir, emplear, como en la frase “empatou seu dinheiro todo em ações” (empleó o invirtió todo su dinero en acciones)”. En el italiano la palabra empleada para la igualdad en el ajedrez es “patta”, con las mismas raíces latinas y los mismos significados adyacentes. Como vemos, se trata de una palabra positiva, representando la paz entre las partes, que puede ser conseguida mediante acuerdo mutuo, en sentido diverso de la acepción usada en nuestro diccionario, ya citado.
Ya en el
francés la palabra usada es “nulle”, o sea, nulo. Curiosa
utilización, siendo esta lengua también de origen latino. Como sabemos, en
el ajedrez el empate cuenta medio punto y la mayor parte de las veces
estos puntos conseguidos por la igualdad son los que deciden los torneos
de múltiples contendores. Hago una relación, fruto apenas de mi
imaginación exacerbada: siendo Francia el país cuna de Cyrano de Bergerac
(que existió de hecho, y no sólo en la obra homónima y de ficción de
Edmund Rostand), de Gargantúa y Pantagruel y de los tres mosqueteros, la
expresión “nulle” se justifica. En la esgrima medieval el combate
era hasta la muerte, siendo que el empate era considerado nulo, o sin
valor para la honra de los luchadores. En la lengua inglesa la palabra utilizada es “draw”, con el verbo significando, además de empatar, empujar, quitar, arriesgar la suerte o el destino. El diccionario Nuevo Michaelis cita literalmente: "empatar el juego sin terminarlo", lo que, de hecho, es lo que generalmente ocurre. Otra acepción curiosa es exprimir, secar, quitar el líquido (vino) de un barril, lo que remite, por semejanza onomatopéyica, a “dry”, seco. Siendo los ingleses un pueblo del mar, que se da mejor navegando en los océanos que en tierra firme, pienso que el empate pueda tener una concepción árida, de seguridad. Delirio, pero quien vea “Capitán de mar y guerra” (Master and Commander), película ahora en cartel, verá que alguna razón, aunque remota, tengo. Cuando las ideas se secan, viene el empate. Aún más curiosa es la palabra alemana para empate, usada en el ajedrez, que es “remis”. De origen aparentemente latino, remir significa liberar, redimir, perdonar. Así el empate libera ¿pero de qué? La respuesta es obvia, y es citada en el Aurélio: librarse de una situación arriesgada, o sea, de la posibilidad de derrota. El miedo de perder es innato de la psique del jugador de ajedrez. Yo diría que él es el padre de gran parte de los empates. Lógico que insistir en posiciones totalmente igualadas es, además de falta de caballerosidad, una burrada; pero empatar por miedo de la continuación es falta de inteligencia e indicativo de un carácter pusilánime. Una consideración importante es la evaluación de nuestro juego, y, principalmente, del adversario. Cuando usted invita a otro jugador a empatar (o cuando recibe la invitación), usted tiene que efectuar un análisis del valor de la posición del tablero. En este momento no importa el pasado, quien tenía la iniciativa, quien trató mejor la apertura. Las piezas dispuestas sobre los cuadrados negros y blancos contienen la verdad y encierran todos los significados futuros. Si usted evalúa de forma distorsionada su posición, en la vida o en el ajedrez, su posibilidad de error es mucho mayor.
En su
próximo empate, piense: estoy empatando en castellano o portugués,
haciendo un pacto de paz con mi adversario. ¿Él merece esto? Estoy
pensando en francés, y mi juego será nulo. ¿Yo merezco esto? En garde!
Como capitán de esta fragata inglesa, ¿enarbolaré blanca bandera, o
lucharé hasta el fin para mandar al fondo del mar a este galeón enemigo?
Cañones de babor, prepararse. Siendo la filosofía germánica impar, estoy
empatando y liberando ¿de qué? De la derrota o del miedo que tengo de
ella? Para terminar ofrezco esta partida publicada originalmente en la Lasker’s Chess Magazine, de autoría del Sr. Sam Loyd. Aunque fantasiosa, esto es lo que yo llamo de una partida verdaderamente empatada: |
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1.d4 d6 2.Dd2
e5 3.a4 e4
4.Df4 f5 5.h3
Ae7 6.Dh2
Ae6
7.Ta3 c5 8.Tg3
Da5+ 9.Cd2
Ah4
10.f3
Ab3 11.d5
e3 12.c4 f4
Que tablero pantanoso. ¡Un ejército completo ahogado en sólo doce jugadas! |
(Traducción de Fernando Pedró)
[1] Diccionario muy popular en Brasil (N. del T.)
Ivan Carlos Regina es escritor de ficción científica con varios libros publicados. Paulista de Bauru, trabaja en la planificación del transporte público de la ciudad de São Paulo. Apasionado por la diosa Caíssa, dice él que juega tan mal que su venganza es: ¡escribir crónicas inverosímiles sobre el noble juego!