Yo, un carpincho, triunfé en Wijk aan Zee

    (ver texto  original en portugués)

  

Texto de ficción de

Ivan Carlos Regina

 
 
   

   Todos mis amigos saben que adoro el ajedrez. Leo las columnas especializadas, acompaño como puedo los grandes torneos y frecuento con cierta regularidad el Club, donde tengo la oportunidad de jugar en medio de los principiantes y veteranos del noble juego. El hecho de jugar mucho, empero, no significa que sepa jugar bien. Conseguí grandes amistades sentado frente al tablero, tal vez porque viva perdiendo.

   Haroldo, mi compañero habitual de los juegos de los viernes, me dijo un día : "sos una mezcla de carpincho gordo y pato graznador”. Como le había terminado de ganar un final de torres, en nuestra novena partida, haciendo el primer  punto en un match relámpago de diez rounds, la consideré una broma.

   Esta historia que ahora ya puedo contar ocurrió muchos años atrás. Todo comenzó cuando el Presidente del Club me llamó para su gabinete particular. Esto era tan raro, tan raro, que fui palpando el bolsillo buscando el comprobante de pago de la última mensualidad, que probaba que sólo estaba atrasado menos de tres meses. Él me hizo entrar, nos sentamos y, con cierto enredo, me dijo:

-           "Bien, no sé por donde comenzar, por lo que voy directamente al asunto. Fui encargado de invitarte para jugar el Torneo de Hoogovens, en Wijk aan Zee, en Holanda. Sé que el torneo es sólo para maestros, pero ya está todo arreglado para que vayas con la invitación especial de la organización."

   Quedé estupefacto. Debía ser una broma. Le dije que era mucho mejor mandar a Milos o a Sunyê. Él continuó:

- "No, es a tí a quien ellos quieren. La historia es la siguiente: un científico norteamericano acaba de perfeccionar un pequeño dispositivo receptor que puede ser instalado próximo al oído interno de una persona y que permite a ella recibir mensajes radiofónicos emitidos de un transmisor ubicado en las proximidades. Una especie de punto electrónico, sólo que subcutáneo. La patente tiene intención bélica, pero Bobby siempre desconfió que Spassky usó uno en la disputa del último título mundial. Afín de saber si esto es posible, la CIA autorizó una experiencia secreta que pruebe la viabilidad o no de su utilización."

   A esta altura yo no sabía si él me estaba gozando o si me había sacado la grande. Aún balbuceé: "¿Pero por qué yo?"


"Es preciso una persona que no levante sospechas, y que tengamos la certeza si el dispositivo funciona, y no haya sido ella la que jugó. Con un Maestro esto sería imposible."

    Pasé a entender todo. Ellos necesitaban de un idiota con un coeficiente intelectual no tan bajo que no pudiera mover las piezas, pero que jugara tan mal que nadie creyera que ganó solito una partida de ajedrez. Mi historia de perdedor nato contó mucho para mi elección.

    -"Está bien, acepto!" Dije, tragando el orgullo. El presidente pareció aliviado. Me apretó la mano, me sirvió un cafecito en una taza de porcelana, que estaba tan feo y frío como el que comúnmente tomábamos en el salón de juego.

Y yo, que soñaba con jugar en la sala envidriada reservada a los campeonatos de maestros de mi Club, estaba sellando mi pasaporte para jugar uno de los más tradicionales torneos de ajedrez del mundo.

El resto fue muy rápido. Viajé para Estados Unidos, donde en una pequeña clínica particular de Boston un médico, en una pequeña cirugía, en menos de una hora, me implantó el receptor apropiado. La pequeña incisión decurrente sobre la oreja fue inmediatamente cubierta por los cabellos, y retorné a Brasil, donde esperé por cerca de tres meses.

En noviembre recibí una carta de la Confederación Brasilera de Ajedrez, en papel timbrado y todo, invitándome para embarcar para Holanda, a sus expensas, en el mes de enero próximo.

Para acortar la historia, fui en avión hasta Amsterdam donde un coche me llevó hasta Wijk aan Zee, un lindo balneario. Quedé allí dos días haciendo turismo, hospedado en un hotel de cinco estrellas.

En la víspera del inicio del torneo conocí al equipo responsable por la experiencia. Liderando al equipo, Bobby Fischer, con un contrato millonario que no lo obligaba a "dictar" jugadas al micrófono emisor. Para él, era una especie de desempate. Yo, el robot, y para “maniobrarme", dos grandes Maestros: el holandés Jan Timman y el inglés Anthony Miles. Completando el personal, un ingeniero de sonido y un médico se responsabilizaban por la parte técnica de la experiencia.

Al día siguiente yo estaba muy nervioso. Ya imaginaba si el negocio no funcionaba y  fuera obligado a enfrentar solito a un GM? En mi pobre cabeza quería al menos evitar el mate pastor, resistir unos veinte movimientos, al menos... Hecho el emparejamiento, me cupo iniciar el juego con el yugoslavo Istvan Farago. Me senté en la mesa de juego y cuando fuimos autorizados, oí claramente en mi cerebro la jugada recomendada "d4". Dio hasta para percibir que era la voz de Timman la que dictaba. Él y Miles recibían la imagen de una micro TV instalada en el techo del salón y me daban las jugadas. Estaban hospedados en el quinto piso del hotel donde se realizaban los juegos, rodeados de sus libros de aperturas predilectas.

Tres horas y cincuenta minutos después Farago capituló. Me saludó gentilmente y salió de la sala. Quedé aún sentado por cerca de media hora, hasta que las fuerzas volvieran a  mis piernas. Había ganado mi primer juego contra un Gran Maestro, y la única cosa que yo tenía que hacer era ejecutar los movimientos en el tablero.

Y yo, que sólo solía perder, rápidamente me acostumbré a ganar. Con una sucesión de victorias lideré el torneo hasta la última ronda. Habíamos (uso el plural ustedes saben porqué) cedido algunos empates, como con Ulf Andersson, al cual es casi imposible ganarle. Estábamos empatados en el liderazgo por puntos con Rafael Vaganian, justamente aquel con quienes haríamos el último y decisivo juego del torneo.

Cuando entré en el salón para jugar aquella partida que todo decidiría, estaba muy tenso. Era sábado (por lo tanto Bobby no podría dar una ayuda, evidentemente) y yo acababa de recibir la noticia que Timman, engripado, se había quedado en su cuarto a dormir. Así seríamos solamente yo y Miles quienes jugaríamos este enfrentamiento final. Tenía mis dudas, si él, solo, aunque con la ayuda de los libros, le podría ganar a Vaganian, entonces en óptima forma.

   La partida fue así :


Blancas: Yo - Negras: Rafael Vaganian
Wijk aan Zee

[D45]


1.d4 d5 2.Cf3 Cf6 3.c4 e6 4.Cc3 Cbd7 5.e3 Ad6 6.Cb5 Ae7 7.Dc2 c6 8.Cc3 O-O 9.Ad3 dxc4 10.Axc4 c5 11.dxc5 Axc5 12.O-O b6 13.e4 Ab7 14.Ag5 Dc8 15.De2 Ab4 16.Ad3 Axc3 17.Tfc1 Cxe4 18.Axe4 Axe4 19.Dxe4 Cc5 20.De2 Aa5 21.Tab1 Da6 22.Tc4 Ca4

   Fue a esta altura que aquello aconteció, el episodio que hechó todo a perder. Inmediatamente después de la jugada del caballo Miles dictó "b4". Me preparaba para tomar el peón cuando una voz muy aguda, débil al principio, susurró en mi cabeza "Af6".

Quedé desorientado. ¿Cuál de los dos movimientos jugar? Pasaron algunos instantes. Miles insistió:"b4", y la misma voz, como si fuera una de esas interferencias que a veces escuchamos en el teléfono, repitió :"Af6". Pensé cerca de cinco minutos, y una gota de sudor mía cayó en el tablero.

Despertado por el goteo solitario y movido quien sabe por cuáles intenciones, moví el alfil para su casa fatídica. 23.Af6

Vaganian pensó cerca de veinte minutos. Miles rezongó, enfadado, y me dijo que jugara solo, que él se iría ahora de vuelta para su cuarto. Fueron los minutos más largos de mi vida. ¿Qué hacer, si la voz misteriosa no volvía? ¿Salir corriendo, fingir un desmayo, inclinar el rey?

Tan rápido como el ruso jugó 23...Tfc8 la voz volvió, salvadora, y el juego continuó así: 24.De5 Tc5 25.Dg3 g6 26.Txa4 Dd3 27.Tf1 Df5 28.Df4 Dc2 29.Dh6

Cuando coloqué mi dama en la columna "h" la voz se despidió - "Un día, yo fui Alekhine!"

Vaganian, perplejo, me dio la mano. Lo saludé y sentí que se me aflojaban las piernas. Al final, quién había ganado la partida?

Fui para mi cuarto, pero no conseguí dormir ni comer nada. En la mañana de domingo cuando descendí para el "brunch" el equipo estaba todo reunido. Apenas aparecí en la escalera Bobby disparó -"Buena, chico, nosotros, americanos, les mostramos a estos rusos que sabemos mover bien las piezas. Que linda combinación." Miles me miró, resentido, y me extendió la mano en uno saludo formal.

Volví para Estados Unidos para que me retiraran el dispositivo y fui recibido de vuelta en Brasil por el presidente de mi Club, que me dio un seco "Felicidades" y añadió, disgustado -"Que pena que la experiencia fue arruinada. Nadie sabía que  jugabas tan bien."

Y yo, que gané la copa, el premio y la fama, resolví parar de jugar ajedrez mientras siga en la duda, pues hasta hoy no sé quien ganó la partida : ¿Miles, yo, o Alekhine?

Tal y cual Tartarin de Tarascon, me recogí a las glorias pasadas. Bien que me gustaría que aquella voz aguda retornara, pero ella nunca más volvió. Mi rating descendió, perdí la mayoría de mis amigos, y tengo que contentarme en jugar a veces, con Haroldo, que, de hecho, es el único que desconfía aún de alguna cosa, porque continúa ganando la abrumadora mayoría de las partidas que jugamos.

Después de la publicación de esta historia, él va a entender todo. Tengo la certeza de que va a querer mirar mis orejas buscando la cicatriz, que, como señal, aún tengo.

 

Traducción: Fernando Pedró

Ivan Carlos Regina es escritor de ficción científica con varios libros publicados. Paulista de Bauru, trabaja en la planificación del transporte público de la ciudad de São Paulo. Apasionado por la diosa Caíssa, dice él que juega tan mal que su venganza es: ¡escribir crónicas inverosímiles sobre el noble juego!