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El
inventor y el rey. En el uno, el afán de romper el círculo, lo indefinido.
En el cetrado mayor, el bastón de la unidad y la vigilancia de trigos y
puertas. El rey queriendo cerrar cuentas, sellando fijas minuciosidades.
El inventor burlando parábolas, abriendo la sorpresa de nuevos
agrupamientos numerales. El rey queriendo pagar en exactos cuadrados, en
el desconocimiento de la progresión indefinida. Sencillo visitante ante el
rey, inaugura el almacén de multiplicados granos. Y el ajedrecista
visitador del persa, que rehúsa el tintineo exacto de la moneda, para
acogerse a la progresión indefinida, al grano volante en el cuadrado
multiplicador, ligero como gamo con sed.
El
buen rey, en su unidad, quiere la exactitud. El inventor, maestro inicial
de la nueva diversidad, traza canaletos para el flujo de los comienzos. En
Alfonso, que es rey de romanos y emperador de germanos [el papado le hace
rectificar el título], traduce e innova, bruñe el latín y sonríe la
palabra nueva; se enfrenta con el cuadrado multiplicador y sueña con
soltarle monstruos nuevos. Una de las razones en su sangre para apetecer
el imperio de Alemania, será su cariño por los monstruos novedosos. Nuevas
estridentes especies para los bosques germanos. En el ajedrez, frente al
cuadrado helénico, quería soltar los nuevos monstruos germanos, para
evitar el simple esesteo quimérico, la excepción preconcebida. Aquí
el rey y el inventor, la unidad y la diversidad coincidieron, no en la
dilectio agustiniana, sino en el tablero de
ajedrez; ahí confluyó el cuadrado doméstico y fiel con los unicornios de
acecho y ajenías irreductibles.
Los monstruos de Alfonso X El Sabio se atrevían con la Germania, con Catay
o con Cipango. Selvas, extensiones y emigraciones olfateaban los monstruos
que aunaban dos naturalezas. Dilatar la selva, llevar la extensión a la
ausencia infinita, la emigración a la errancia dislocada y sin fin, para
que el canon monstruoso tuviese regulación rítmica. Y Capablanca también,
frente a la proliferación insular del trópico, quiere romper el cuadrado,
resbalarle bultos sin figura, manchas que no agregan cuerpos. Así evita
selva definida para monstruo acariciado.
El
tablero de cien cuadrados, con nuevas figuras, de Alfonso X El Sabio, en
las mágicas asociaciones de la secularidad, logra, como ha señalado el
hispanista J.B.Trend, un aliado muy poderoso, Capablanca, quien propone
cuadrados de progresión y monstruos desconocidos. Hasta llegar al tablero
de ciento cuarenta y cuatro casillas, doce piezas y doce peones,. Nuevos
monstruos : el grifo, la jirafa, el unicornio, el león y la tarasca. Para
el grifo, la diagonal y la infinitud de la línea recta. La tarasca, alfil
con un alcance más poderoso. La jirafa, más allá del caballo, después de
la diagonal, saltaba cuatro casillas. Los unicornios, ente caballo y
alfil, sutilísimos. El león, dueño del salto a la pitagórica cuarta
casilla.
Portando su vara de alcalde, Montaigne tropieza con una criatura
monstruosa: un cuerpo se adhiere a otro decapitado, formando una intención
truncada de integrar un nuevo cuerpo. De ese susto que viene a buscarlo a
un mercado de Lyon, anota, como con afán de ver con sencillez a los
monstruos: "es de presumir que esta figura que nos sorprende se relacione
y fundamente en alguna otra del mismo género desconocida por el hombre".
Siempre la imaginación con un grave de realidad, la transfiguración que
cobra su gravedad al soñar con la figura. En el grifo, sobre el cuadrado,
el fragmento energético del león se vuelca sobre los saltos de la
diagonal; y la parte del águila, en el sostenuto sobre la línea recta. En
la tarasca, la oblicuidad del alfil adquiere el latigazo definidor de la
serpiente golpeando en su finalidad. Naturaleza que busca por el análogo
de la imagen integrarse en la proliferación indefinida de un tablero
imposible.
Una imaginación saludable engendra sus propias causas. No sólo los nuevos
monstruos, el grifo, o la tarasca, se deslizan sobre las definiciones del
tablero, sino a veces se arremolinan en presagios, rondando con sus
violentas escogitaciones, el lago de las casillas habituales. El mariscal
Bassompierre juega su partida, descansando de haber corrido un jabato en
la última venatoria palaciana con el buen Bearnés, ve que el tablero
pestañea manchas de sangre. Se lo dice al monarca, éste se molesta y de un
manotazo abate el despliegue de los fortines de su mariscal. Días más
tarde le palican un tajo de hondura, que lo lleva al sombrío Erebo.
Asignemos otra evocación por el mismo lado de los presagios. La isla del
destierro del Corso se muestra acudida de marinos chinos. El vizconde, que
lo relata, compra unas coruscantes piezas para su ídolo. Por la noche el
emperador cansado, interrumpe sus partidas sin rendiciones. Como para
hacer una broma, se burla de los copiosos arabescos de las piezas chinas,
manifiesta que le cansa "levantar un elefante que porta una torre". Días
más tarde...
La
torre, para algunos deliciosos etimologistas, es la roca donde se aposenta
Simbad el Marino. Si se suelta a la torre en la progresión indefinida,
tiene que esperar la causalidad que le dicta la imagen, para hacerse de
otra naturaleza artificial. Ya en esa dimensión, la torre no es tan sólo
la casa defensiva sino la adelantada de las locuras y de las mágicas
sobreabundancias. El grifo corría el riesgo de cascar enigmas de salón y
la tarasca abullonaba sus caperuzas para la pedrea asombrada de los
campesinos. Pero les llegaría su Edad Media y su Romanticismo. Y sobre el
tablero, cuando aparecen coros de figuras humanas, tañen, subrayemos que
con la mano izquierda, instrumentos musicales. Como si para unirse a este
intento de progresión indefinida, las piezas, al fijarse en las casillas,
se prolongasen en el claroscuro de los números del ritmo. Escenas
hugonianas: un grifo que quiere desarraigar una torre. Cómo no subrayar
ese encuentro entre Alfonso X El Sabio y Capablanca a través de la
parábola miliunochesca que se reintegra y se restituye, en su decisión por
llevar el cuadrado a elipse; la elipse a una progresión en la infinitud.
En fin, una infinitud convertida en causalidad de los monstruos de seda y
novedad.
de
la revista Letra Internacional nro.57
(extraído de la página del
Círculo de Ajedrez de San Fernando) |