EL AJEDREZ COMO ELEMENTO DE
INSTRUCCION
por el Dr. Emanuel Lasker,
especialmente para La Nación (31 de Julio de 1913)
Don José Pérez Mendoza (1) ha lanzado la iniciativa de la
introducción del ajedrez como elemento educativo en los círculos
universitarios argentinos. Como es evidente, la iniciativa se basa en
fundamentos de generoso idealismo, pero es al mismo tiempo una de las más
eficaces que pudieran proponerse. En verdad el carácter del señor Pérez
Mendoza, como lo ha demostrado con su actividad, está formado por una rara
combinación de pensamiento y de experiencia, de idealismo y de práctica. Es,
pues, quizá de interés demostrar hasta convencer aún a los que no creen en la
eficacia de la instrucción propuesta, cuántos beneficios resultarían de la
enseñanza del viejo juego, si esta se efectúa con propiedad.
La cuestión
no es de las que pueden tratarse rápidamente o en pocas líneas. De modo que no
me propongo agotar el tema en un artículo. Es asunto de discusión y que sería
sumamente grato recibir observaciones de mis lectores para tomar en consideración
sus puntos de vista.
El ajedrez no
ha sido inventado por mero azar; ha sido primero el resultado de la reflexión y
ha sufrido después una evolución inteligente. Es importante notar el hecho,
puesto que tiene un sentido considerable en su faz instructiva. Nadie recomendaría
la enseñanza pública de un juego de carácter tan efímero e insignificante
como el de naipes; pero el ajedrez se ha considerado una piedra de toque y de
comprobación moral siempre.
Su historia
comienza en los tiempos de la antigüedad; tiene una literatura de muchos miles
de volúmenes y ha conquistado a todas las razas blancas. Es el juego de la
inteligencia; no es, en consecuencia, para niños sino para adultos. Tiene,
pues, una naturaleza peculiar que le ha señalado su sitio en la historia.
Deducimos esto con la misma lógica que reconocemos en cada movimiento una
causa.
El propósito
que inspiró al primer inventor del ajedrez debió ser la instrucción de las
gentes, y más particularmente de los jefes militares en las reglas de la
estrategia, ya que toda evidencia indica que el ajedrez fue en su origen un
juego de guerra. La forma de las piezas, sus nombres, las leyes de sus
movimientos y de las capturas hacen manifiesta la procedencia bélica del
ajedrez. En esos tiempos los ejércitos se componían probablemente de
elefantes, caballería, arqueros, y una numerosa y débil infantería, mandados
por un rey acompañado de su estado mayor, pues éstos son los prototipos de las
unidades del ajedrez que corresponden por orden a las torres, caballos, alfiles,
peones, reyes y damas. Y el tablero de 64 casillas indica que el campo de
batalla en tales épocas debió ser ordinariamente un llano.
Por otra
parte, su éxito prueba que el juego expresaba plenamente la idea de su
inventor; y se debe considerar como punto capital el hecho de que haya
interesado no solo a los militares, sino a todos los hombres de los más
diversos tipos y caracteres, pues que esto demuestra que fue un propósito
buscado por un hombre inteligente. Y si algunos se aficionan al real pasatiempo
en virtud de sus conocimientos militares, el interés por él es de una
naturaleza más humana y general. Comprende por cierto la estrategia bélica,
pero no se limita a ella. La idea fundamental del ajedrez es la estrategia en su
aspecto de lucha por la vida y de combate por la victoria desinteresada y noble
de la actividad personal, y eso es lo que presta duración, elevación e interés
al antiguo juego.
Que el que
enseñe ajedrez no pierda nunca de vista esa idea según la cual fortalece lo
que podría llamar el instinto de estrategia. Todos los niños conocen algún
ardid para vencer a los contrarios en sus riñas, o alguna estratagema que les dé
probabilidades de triunfo. Es un juego común de la infancia el combate; los
pequeños se dan puñadas y mojicones continuamente y esto al desarrollar su
fuerza muscular les enseña a usarla inteligentemente. Este es el principio de
la estrategia, puesto que la estrategia es el uso inteligente de la fuerza. De
modo que al aprender a usarla se aprende solo el principio del arte.
La vida
moderna depende del apoyo mutuo para la consecución de intentos comunes y de la
competencia. La manera de proceder en la cooperación con los demás y en el
antagonismo, es, pues, un importante objeto de estudio; y es evidentemente más
difícil alcanzar esos conocimientos que comportarse según la libre elección .
Se necesita aprender la obediencia tanto como la capacidad de mando; se debe
conocer los propios derechos tanto como los ajenos; es preciso adquirir el valor
de defender su dignidad tanto como el valor -que es más grande,- de reconocer
la de los otros. Todo eso es estrategia, en virtud de la definición dada antes.
Y todo esto marcha paralelamente a los principios inculcados por el uso
inteligente de las piezas del ajedrez.
Las piezas se
mueven de acuerdo a reglas estrictas. En otros juegos los adversarios pueden
infringir las leyes según las cuales se desarrolla la partida; en el ajedrez
no. El jugador adquiere así el hábito de la honradez; comprende que el caballo
debe moverse de tal manera, el alfil de aquella otra, y los demás trebejos de
modos diferentes; comienza entonces su partida con el conocimiento completo de
lo que le está permitido y le está prohibido.
Además, las
piezas del ajedrez representan una multitud; el jugador tiene que dirigirlas
y ve con claridad las ventajas de la cooperación. Quien s encuentre al frente
de una empresa desempeña la misma tarea; tiene muchos ayudantes e importa que
cada cual ocupe su sitio de modo que se apoyen entre sí todos recíprocamente.
El medio de orientar la influencia de las piezas hacia un propósito común es
extraordinariamente complicado; el jugador, pues, se ve precisado a resolver en
cada caso un problema semejante a los que se presentan en la vida diaria. El
instructor tiene con ello buena tarea en demostrar las analogías referidas y
preparar esas lecciones en formas variadas.
El jugador
lucha con otro que posee el mismo número de piezas con las mismas libertades e
idénticos derechos que las propias. El hecho reviste importancia. Es muy difícil
ser justo con el enemigo, y en el ajedrez la justicia y la igualdad es ley
fundamental. Los derechos de los adversarios están claramente definidos. Cada
jugador sabe que después de su movimiento su contrincante tendrá igual
oportunidad, y este es un gran ejemplo, porque destruye la ilusión de todo
privilegio natural. Los golpes se dan y se reciben, metafóricamente, bien
entendido.
En conclusión, se ve que el jugador de ajedrez debe aprender a obedecer las leyes, que es la capacidad de mando, la facultad de gobernar con sabiduría, y mientras dirige sus piezas, adquiere la idea de la defensa de sus derechos y del respeto de los ajenos, que es el resultado natural de un combate ordenado e inteligente entre dos adversarios.
(1) José Pérez Mendoza, uno de los fundadores, y luego presidente del Club Argentino de Ajedrez, cumplió una destacada tarea difundiendo el juego en universidades, colegios, penitenciarias, asilos, etc, convencido (y convenciendo) de los valores que podía aportar el ajedrez a los individuos de una sociedad. Su libro, El Ajedrez en la Argentina (1920), es una obra invalorable para quien quiera conocer como se sentaron las bases del desarrollo del ajedrez argentino. (En la foto se lo ve sentado frente al campeón mundial y rodeado por destacados jugadores como Federico Fritzch, Alberto Gelly, Carlos M. Portela, Ricardo Illa, Julio A. Lynch y Julio A. Arias.