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EL AJEDREZ Y LA GUERRA |
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por Roberto Grau |
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Bajo el signo bélico. Muchos son los dramas de la guerra. Los hay de diverso diapasón, pero tomados en conjunto quizá pierdan mucho de su significado hondo y humano. La época nos habla a cada hora de bombardeos, de ciudades destruidas, buques desaparecidos, aviones que no retornan. A cada instante el cable nos anuncia fusilamientos, rebeliones, matanzas, odios y esperanzas. Y es tan enorme la destrucción, es tan amplio el campo de batalla, y es tan aguda la pesadumbre, que resulta pueril querer dar el detalle de algunas vidas quebradas por la guerra. Pero cada sector de la humanidad se duele por sus afectos. El egoísmo hace que los padres sólo sepan la dura lección de la vida y la muerte cuando pierden un hijo y que los países vibren de pena cada vez que desaparece un ser dilecto. Sólo quienes se acercan a la santidad sufren de idéntica rnanera ante la desgracia que roza la epidermis y la que desgarra los más hondos afectos. Por eso debe perdonarse que los ajedrecistas, hombres al fin, tengan inquietudes por la suerte de sus ídolos y hagan, para averiguarlo, un paréntesis al dolor que causa el drama de conjunto. No deja de ser interesante, sin embargo, observar la influencia que la conmoción mundial ha tenido en el ajedrez. En líneas generales ha destruido la actividad deportiva, pero no lo suficiente como para considerarla totalmente paralizada. Los mismos países en guerra han querido probar que, a pesar de todos sus problemas y sus angustias, tenían energías suficientes como para organizar periódicamente pruebas, y en algunos casos se ha buscado este sistema para pretender probar al mundo que la armonía reinaba entre los países conquistadores y los conquistados. El ajedrez en Alemania. Muchas son las preguntas que se me han formulado acerca de la vida de los maestros en esta oscura época de la humanidad. Pareciera que el hecho de tener notoriedad deportiva me obligara saber qué hacen y cómo sufren y cómo viven los hombres que han escrito tantas páginas brillantes en la historia del ajedrez mundial. En Alemania se organizaron varios torneos con la presencia del campeón del mundo, doctor Alejandro Alekhine, que realizó, al prestarse a esta combinación deportiva, la peor jugada de su vida. Al estallar la guerra Alekhine se encontraba en Buenos Aires, y en su carácter de oficial de reserva del ejército francés encontró argumento para diferir la posibilidad de un match desquite con Capablanca. Llegó a Portugal y cuando el ejército alemán ocupó el chateau de su esposa, en Dieppe, inició gestiones para regresar a Alemania. Lo consiguió terminada la batalla de Francia y luego publicó una injusta carta abierta contra el doctor Max Euwe, que en una hora feliz de su vida deportiva le arrebató el campeonato del mundo, para perderlo otra vez frente a su futuro agresor epistolar. La culpa de Euwe era el no querer acceder a jugar torneos en Alemania para dejar la falsa sensación de que los holandeses compartían la vida alemana y vivían en el mejor de los mundos. La acusación de Alekhine fue calificarlo de “amigo de los judíos”, porque sabía que al hacerlo cooperaba en la campaña racial que anima gran parte de la política del Reich. Junto al Dr. Alekhine actuaron algunos de los viejos conocidos maestros del Torneo de las Naciones. Entre ellos, Paul Keres, al que, según una información no confirmada, se le habría amputado una pierna a raíz de los bombardeos que sufrió la capital de Estonia antes de la ocupación alemana. Junto a ellos, Stolz, el fuerte jugador sueco y Schmidt, que salió de Buenos Aires una vez declarada la guerra, para llegar, felizmente o no pare él, a su patria más tarde desaparecida. En otra prueba actuó Regedzinski, aquel gigante polaco que actuó en el Torneo de Buenos Aires, quebrado por el dolor mientras Polonia era arrasada por el adversario. Recuerdo que el mismo día que Lodz, su ciudad, la que habitaban su mujer y sus hijos, era arrasada por los aviones alemanes, estaba jugando una de las partidas más fáciles del torneo y cayó batido de increíble manera. Era que el dolor y la incertidumbre habían quebrado su voluntad. Asimismo recuerdo que el día que partió no sabía si podría llegar a su país y decía a sus amigos: “no sé si llegaré a Polonia. Sé que me esperan la miseria y el dolor moral, pero allí está lo único que justifica mi vida: mi hogar. Ellos me necesitan. No podría vivir sin saber cómo y cuánto sufren.” Los combatientes franceses y polacos en Gran Bretaña. Entretanto, en Gran Bretaña actuaron varios de los ex participantes del Torneo de las Naciones de 1939. Algunos de los integrantes del equipo británico que partieron para su patria el mismo día que su país entró en la guerra, dejando su compromiso deportivo, llamados por un deber mucho más fundamental. Tras ellos, apenas terminó la prueba, fue el Dr. Tartakower, quien al partir justificaba su ansia de de ir a Europa con estas palabras: “soy viejo, pero soy útil. Sólo tengo en el mundo mi cariño por Francia, que me ha brindado su cordialidad. Estar ausente en estas horas margas y no ofrecerle mis servicios, sería traicionar mi dignidad.” Meses más tarde partía otro polaco, Francisco Sulik, también para Gran Bretaña, al frente de un contingente de doscientos combatientes polacos que marcharon de la Argentina para Londres. Poco más tarde se llevó a cabo un torneo de ajedrez de las fuerzas polacas en Gran Bretaña, en el que triunfó un jugador de nombre desconocido en el mundo del ajedrez. Segundo se clasificó Sulik y tras él otros ajedrecistas de algún prestigio. ¿Quién era el oscuro capitán que había vencido en la prueba? Era un combatiente polaco a las órdenes del General De Gaulle, que luchaba bajo la protección de la Cruz de Lorena: nuestro viejo amigo Tartakower, que estaba luchando por Francia, fiel a su palabra y a su propósito y que se había inscripto en el torneo con nombre supuesto. En Rusia el ajedrez sigue su marcha. En Rusia, entretanto, los ajedrecistas no han permanecido ociosos. La actividad está en manos de los viejos maestros rusos y de los extranjeros que actúan en el inmenso territorio de los Soviets. En las pruebas que periódicamente se realizan, a pesar de la intensidad del esfuerzo bélico, actúan, entre otros ajedrecistas conocidos, algunos de los que intervinieron en el torneo de las Naciones de Buenos Aires. Intervino Keres hasta la caída de Estonia en poder de Alemania y actualmente en sus torneos ofrecen su concurso el letón Petrow y el lituano Mickenas. El último informe llegado al país por intermedio de una revista soviética de ajedrez indica que acaba de jugarse un torneo en Liberia, en Ekaterinemburgo, la misma ciudad que en un día dramático de la historia vió perecer a toda la familia imperial rusa. Muchos son los nombres de ajedrecistas soviéticos que han desaparecido del escenario deportivo. No faltan quienes han muerto en la contienda como Belavenetz, Geneusky, Rabinowich, Rjumin, entre otros. Idéntica situación es la del ajedrez alemán, algunos de cuyos más firmes valores, como Eliskases, Becker, Michel y Engels permanecen en Sudamérica por imperio de la propia guerra que impidió el retorno a Europa. Por lo menos ellos, malogrado quizá el personal deseo, sobrevivirán a la catástrofe. La muerte de Spielmann. Entretanto, el holandés Euwe languidece por las persecuciones y el aislamiento en Holanda, firme en su propósito de no compartir el deporte del Reich mientras su patria esté invadida, y no hace mucho el cable nos transmitía la amarga noticia de que en Suecia el extraordinario jugador austríaco Rodolfo Spielman pagaba la absurda culpa de ser judío, muriendo falto de recursos en Estocolmo siguiendo la ruta de aquel otro gran talento del ajedrez austríaco, Carl Schlechter que en la contienda anterior (1914-1918) moría de hambre porque ni era apto para luchar por la patria, por sus años, ni tampoco sabía luchar por la vida. Ni siquiera pedir nada a nadie. Al término de la guerra habrá que pasar lista. Observaremos que en plena contienda desapareció, casi inadvertidamente, aquel otro eminente perseguido que durante 27 años fue campeón del mundo, el doctor Emanuel Lasker; que tras él un año más tarde, el incomparable Capablanca seguía su misma ruta; que más tarde el Dr. Karel Treybal era fusilado en Checoslovaquia por el delito de ser patriota; que en un campo de concentración nazi fallecía poco antes el notable ajedrecista polaco y compositor de problemas, Pzepiorka, y que ahora Spielmann sigue la marcha de los que pasan a ser historia y recuerdo. Pero todos ellos sobreviven a su existencia física por medio de sus obras y de sus creaciones, que servirán para deleitar a muchas generaciones de ajedrecistas. |
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(Artículo aparecido en la revista Leoplán en 1943, poco meses antes de la muerte de Grau, ocurrida el 12 de abril de 1944) |