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EL AJEDREZ EN LA FILOSOFÍA MODERNA * |
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Jonathan Webber |
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El ajedrez ha introducido en la mayor parte de las lenguas modernas claras connotaciones guerreras: así, es corriente utilizar el término “peón” en el campo de la diplomacia o en cualquier tipo de conflicto. Algunos filósofos, sin embargo, han dado al ajedrez un amplio sentido metafórico, utilizándolo como una analogía para dar a conocer su concepción del mundo. Así, en el siglo XIX, Thomas Huxley escribió: “El tablero es el mundo; las piezas son los fenómenos del Universo; las reglas del juego contituyen lo que conocemos como leyes de la naturaleza.” Este tipo de analogía se ha convertido en el siglo XX en algo que supera a la simple comparación: se ha utilizado al ajedrez como modelo para determinadas teorías filosóficas. Tenemos el ejemplo más claro de lo que acabamos de decir en las ideas de Ferdinand de Saussure, un profesor suizo, cuya vida se desarrolló a caballo entre los siglos XIX y XX, que ha dejado una huella imborrable en el campo de la lingüística y en el de las ciencias sociales. Se sirvió del ajedrez para explicar el meollo de su doctrina y dijo que “entre todas las comparaciones que se pueda imaginar, la más productiva es la que relaciona la forma en que opera el lenguaje con el juego del ajedrez” (Curso de lingüística general). La exposición que efectuó de esta idea De Saussure en la versión original de su obra, aparecida en 1916, encontró una considerable aceptación, con lo que se vuelve a encontrar la comparación en las obras de otros filósofos modernos; incluso se ha constituído en materia de discusión en las revistas especializadas. Ejemplos son los artículos: Is Language Like A Chess Game? (Joseph Greenberg, Language, Culture and Communication, Stanford, 1971) o “Het schaakspel-model bij F. de Saussure en bij L. Wittgenstein” (P.A.Verburg, Wijsgerig Perspectief op Maatschappij en Wetenschap, vol I, n° 5, 1961). En los trabajos sobre De Saussure o Wittgenstein casi nunca se omiten las referencias a la analogía ajedrecística de que hicieron uso (ver, por ejemplo, la obra de Edwin Ardener Social Anthropology and Language, Londres, 1971, págs. XXXVI-XXXIX y págs. 215-7; o la de Rodney Needham, Belief, Language and Experience, Oxford, 1972, pág. 236). De Saussure utiliza en primer lugar la analogía ajedrecística para explicar la diferencia que existe entre lo que considera pertinente y no pertinente en el estudio del lenguaje, o, en otras palabras, sus partes interna y externa: “En el ajedrez el aspecto interno se puede separar fácilmente del externo. Así es externo de que llegara a Europa desde Persia, mientras que es interno todo lo que tiene que ver con su sistema y sus valores”. Los sonidos y las letras que componen una palabra son externos y arbitrarios y pueden cambiar con el tiempo; la identidad de una palabra se localiza únicamente en su diferenciación en las demás palabras que componen un sistema. Así, continúa: “Si me sirvo de piezas de marfil en lugar de piezas de madera, el cambio no afecta al sistema, pero si aumento o disminuyo el número de piezas, esta modificación ejerce un efecto profundo en la gramática del sistema. Es preciso, por tanto, distinguir siempre lo interno de lo externo.” En otras palabras , el aspecto de un Peón no tiene ninguna importancia, sino que lo que importa es que su aspecto sea distinto del de, por ejemplo, el Alfil. Y si se pierde un Peón, se lo puede sustituir por cualquier otra cosa, un botón o un salero por ejemplo, a los que se considera idénticos a la unidad sustituida. El lenguaje actúa de la misma forma, pensaba De Saussure. También mostró la equivalencia que existe entre una posición del medio juego y un estadio determinado del lenguaje: “El valor respectivo de las piezas depende de la situación en que se hallen en el tablero, de la misma forma que cada término lingüístico adquiere su valor en su oposición con los demás términos”. El lenguaje, como el ajedrez, es un sistema de valores, considerados éstos como valencias o cargas: no podemos otorgar a un Caballo, por ejemplo, un valor absoluto y definitivo, ya que su verdadera importancia está determinada por sus relaciones posicionales con las demás piezas situadas en el tablero. De aquí se sigue que cada movimiento que se efectúa (y que afecta directamente a una única pieza) es paralelo a la modificación de un elemento del lenguaje, ya que en ambos casos se producen repercusiones en la totalidad del sistema: “Los cambios de valor resultantes serán, según las circunstancias, nulos, muy importantes o de importancia moderada. A veces un único movimiento puede alterar totalmente la partida, afectando incluso a piezas que no se hallan directamente en el frente de combate.” Lo único que importa son las posiciones recogidas en el tablero antes y después del movimiento; el proceso de cambio no posee significación alguna. Además, el estadio de un lenguaje, como el estadio que recoge el tablero, no tiene nada que ver con su historia: “En una partida de ajedrez cualquier posición posee la característica única de ser independiente de las posiciones anteriores: la ruta seguida para llegar a ella no cuenta en absoluto: una persona que haya seguido el desarrollo de la partida no posee ninguna ventaja analítica frente a otra que se acerque en un momento determinado a ver cómo van las cosas: para describir una posición concreta no tiene ningún sentido “intentar recordar lo sucedido unos minutos antes.” Las teorías de De Saussure constituyeron un ataque directo contra las ideas sustentadas por los lingüistas de su tiempo. La mayor parte de éstos creían que la única forma de analizar el lenguaje consistía en describir su evolución (a través de la etimología, por ejemplo). De Saussure puntualizó que el hablante no conoce casi nunca la historia del lenguaje que emplea, con lo que lo único que importa es la forma en que se sirve de él (o, lo que es lo mismo, lo que importa es la forma en que los jugadores consideran la posición recogida en el tablero). La poderosa influencia que ejerció esta analogía hizo que los estadios del lenguaje fueran el tema de estudio preferido por los lingüistas. Al subrayar la importancia de estudiar los valores a través del sistema que los contiene, De Saussure produjo la aparición de la teoría filosófica que hoy en día conocemos como estructuralismo, la cual nos ha hecho ver que lo que pretendían las teorías antiguas era tan absurdo como el intentar escribir la historia de una partida de ajedrez desde el punto de vista de cada una de las piezas. Las ideas estructuralistas se utilizan en la actualidad tanto en lingüística como en las ciencias sociales.
Ciertos ecos de la metáfora de De Saussure aparecen en los escritos de Ludwig Wittgenstein, otro pensador influyente en el campo de la filosofía del lenguaje. En sus obras encontramos múltiples referencias al ajedrez. Su interés, sin embargo, se centró, más que en el lenguaje, en las palabras, a las que compara con piezas de ajedrez: “La pregunta ¿qué es realmente una palabra? es análoga a ¿qué es una pieza de ajedrez?” (Investigaciones filosóficas). De nuevo vemos como la imagen del ajedrez absorbe la atención del filósofo: Wittgenstein quería poner de relieve la importancia de las reglas que rigen el uso de las palabras en determinados contextos, de aquí su uso de la analogía ajedrecística: “Si para explicarle a alguien la función que desarrolla el Rey en el ajedrez”, escribe, “le dijera “éste es el Rey”, mi interlocutor se quedaría como estaba. Esta información sólo sería válida para una persona que ya conociera perfectamente la reglamentación del juego pero que ignorara el aspecto físico del Rey, o para una persona que no estuviera familiarizada con las formas de las piezas de un determinado juego. Ello quiere decir que sólo tiene sentido que pregunten su nombre los que ya saben cómo utilizarlo.” El ajedrez es un juego cerrado que posee unas reglas definidas; y otro tanto se puede decir del lenguaje: un niño que juega con las piezas de ajedrez y toma uno de los Reyes no efectúa en modo alguno un jaque mate, a pesar de que el significado de este término es precisamente el hacerse con el Rey contrario. (El Libro Castaño). La analogía ajedrecística se convirtió, por tanto, en una metáfora muy popular y en la actualidad aparece en muchos y variados contextos. Por ejemplo, H.L.A. Hart alude con frecuencia al ajedrez en su obra The Concept f Law. Los abogados, dice, deben distinguir entre las reglas y los hábitos, de la misma forma que los jugadores de ajedrez no mueven la Dama en función de determinados hábitos: lo que hacen es guiarse por reglas y esperan que sus contrarios se guíen también por éstas. Hay que distinguir, además, entre la genuina observación de las reglas y las acciones que simplemente coinciden con ellas por casualidad; luego, para dar mayor fuerza a sus argumentos, Hart cita la observación de Wittgenstein sobre el jaque mate. No existe ninguna duda de que la analogía ajedrecística ha tenido gran utilidad para los filósofos; por otra parte, Greenberg dice que se utiliza con frecuencia en las aulas universitarias para explicar las teorías del estructuralismo. Pero todavía existen ciertas dificultades. ¿Cuál es su validez como metáfora? Verburg ha puntualizado que la meta de los contendientes en el ajedrez es alterar el estadio del tablero, mientras que al emplear el lenguaje nadie tiene esa intención. ¿Existe en el lenguaje algo que se pueda comparar con un conjunto de jugadas de ajedrez como, por ejemplo, la defensa siciliana? Needham plantea una importante objeción al uso antropológico por parte de Wittgenstein de la analogía ajedrecística, diciendo que en el estudio comparativo de las sociedades los antropólogos no deben considerar solamente los usos de las piezas de ajedrez en una única partida, sino que les es preciso analizar un gran número de partidas que presentan considerables diferencias en lo que concierne a la cantidad, valores y movimientos de las piezas empleadas; con esta comparación Needham hace referencia a los distintos lenguajes localizados en sus diferentes contextos sociales. “El juego de la comparación, podemos decir, se juega con piezas que son juegos en sí mismas”, escribe. Y lo que es más, Giulio Lepschy ha escrito que no es estrictamente cierto, como lo sostenía De Saussure, que al analizar una posición del medio juego, no se necesite información alguna sobre la forma en que se llegó a ella. Así, por ejemplo, si uno quiere enrocar ha de saber si ha movido o no al Rey o la Torre; y también habrá de saber, para capturar un Peón al paso, si se lo acaba de mover (A Survey of Structural Linguistic, Londres, 1970). A veces, incluso, la propia posición muestra al espectador algo de lo que antes ha sucedido: Vendler puntualiza que esto es lo que sucede cuando se hallan en una misma columna dos peones del mismo color, lo que indica que uno de ellos ha capturado una unidad contraria en una jugada anterior. En todo caso, es evidente que, en cierta forma es absurdo intentar encontrar, por ejemplo, un equivalente lingüístico de la coronación de un Peón d ajedrez. Por otra parte, no se puede sostener la analogía en la cuestión de si es posible inferir las reglas del ajedrez contemplando el desarrollo de una partida, de la misma forma que los lingüistas y sociólogos tratan de deducir las reglas de una lengua o sociedad a través del análisis de un conjunto de datos. Ello sería posible hasta cierto punto; sin embargo, la regla del jaque mate, que establece que la captura del Rey da por finalizada la partida, constituye el objetivo fundamental, y, en cambio, sólo se puede deducir en su último estadio. Además, el jaque mate no existe fuera del ajedrez; en la vida real uno no puede volver a comenzar la “partida”. Pero, de hecho, uno no puede juzgar estrictamente la verdad o la mentira encerradas en una metáfora; por definición, ésta no puede ser idéntica a aquello que se la compara. Uno puede juzgarla únicamente en función de su utilidad, y en ese sentido debemos reconocer que el uso que hace la filosofía moderna de las imágenes ajedrecísticas reviste considerable importancia.
* Entrada de la Enciclopedia del Ajedrez, dirigida por Harry Golombek, Instituto Parragón Ediciones, Barcelona, 1980.
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