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EL REY NEGRO |
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Juan José Arreola |
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(J’ai aux échecs joué devant Amours |
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Charles
d’Orleans) |
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Yo soy el tenebroso, el viudo, el inconsolable que sacrificó la última torre para llevar un peón femenino hasta la séptima línea, frente al alfil y el caballo de las blancas.
Hablo desde mi base negra. Me tentó el demonio en la hora tórrida,
cuando tuve por lo menos asegurado el empate. Soñé la coronación de una
dama y caí en un error de principiante, en un doble jaque elemental...
Desde el principio jugué mal esta partida: debilidades en la
apertura, cambio apresurado de piezas con clara desventaja... Después
entregué la calidad para obtener un peón pasado: el de la dama. Después...
Ahora estoy solo y vago inútil de blancas noches y de negros días,
tratando de ocupar casillas centrales, esquivando el mate de alfil y
caballo. Si mi adversario no lo efectúa en un cierto número de
movimientos, la partida es tablas. Por eso sigo jugando, atenido en última
instancia al Reglamento de la Federación Internacional de Ajedrez, que a
la letra dice: Inciso 4) Cuando un jugador demuestra que cincuenta
jugadas, por lo menos, han sido realizadas por ambas partes sin que haya
tenido lugar captura alguna de pieza ni movimiento de peón.
El caballo blanco salta de un lado a otro sin ton ni son, de aquí
para allá y de allá para acá. ¿Estoy salvado? Pero de pronto me
acomete la angustia y comienzo a retroceder inexplicablemente hacia uno de
los rincones fatales.
Me acuerdo de una broma del maestro Simagin: el mate de alfil y
caballo es más fácil cuando uno no sabe darlo y lo consigue por
instinto, por una implacable voluntad de matar.
La situación ha cambiado. Aparece en el tablero el Triángulo de
Deletang y yo pierdo la cuenta de las movidas. Los triángulos se suceden
uno tras otro, hasta que me veo acorralado en el último. Ya no tengo sino
tres casillas para moverme: uno caballo rey y uno y dos torre.
Me doy cuenta entonces de que mi vida no ha sido más que una
triangulación. Siempre elijo mal mis objetivos amorosos y los pierdo uno
tras otro, como el peón de siete dama. Ahora tres figuras me acometen:
rey, alfil y caballo. Ya no soy vértice alguno. Soy un punto muerto en el
triángulo final. ¿Para que seguir jugando? ¿Por qué no me dejé dar el
mate pastor? ¿O de una vez el del loco? ¿Por qué no caí en una
variante de Legal? ¿Por qué no me mató Dios mejor en el vientre de mi
madre, dejándome encerrado allí como en la tumba de Filidor?
Antes de que me hagan la última jugada decido inclinar mi rey.
Pero me tiemblan las manos y lo derribo del tablero. Gentilmente mi joven
adversario lo recoge del suelo, lo pone en su lugar y me mata en uno
torre, con el alfil. Ya nunca más volveré a jugar al ajedrez. Palabra de honor. Dedicaré los días que me queden de ingenio al análisis de las partidas ajenas, a estudiar finales de reyes y peones, a resolver problemas de mate en tres, siempre y cuando en ellos sea obligatorio el sacrificio de la dama. |
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del libro Confabulario Total (1962) |