EL CABALLO DE DIOS

 

 

Eduardo Sánchez

                    

      —La partida lleva ya mil cuatrocientos veinticinco años, señor. La comenzó un antepasado mío aquí mismo. No entiendo qué le llama la atención: jugamos con Dios, y somos gente paciente.

         Los dos enviados de la Sociedad Astronómica Internacional (SAI) se miraron, para sostener sus corduras uno en el otro a modo de postes: ¿mil cuatrocientos veinticinco años jugando al ajedrez? Y peor: ¿un viejo de noventa años perdido en pleno Elburz con una radioantena teóricamente instalada mil años antes de Cristo? Vamos de vuelta:

         —Acá —dijo el astrónomo señalando el mapa con un puntero.

         —Ahí —repitió el general.

         —¿Ahí? —corearon Rilo, y Guillén, el astrofísico. Había sido un cachetazo de asombro y las voces les habían salido en terceras menores. Con todo, los reconocimientos aéreos y especialmente los datos satelitales no dejaban dudas: en pleno Elburz, ascendiendo por el monte Demavend, a una altura aproximada de 2433 metros sobre el nivel del mar, había una radioantena. El Gobierno iraní negaba tener radiotelescopios en su territorio. Es más: en una primera consulta, el Gobierno iraní había negado también tener un macizo basáltico rematado por un pico de 5670 metros a pocos kilómetros de Teherán. Tras recapacitar, un funcionario había reconocido el macizo de Elburz y el pico Demavend, pero de ninguna manera la radioantena. “Acá no”, había dicho el funcionario, y para más datos había agregado: “tal vez enfrente, en Irak. Vayan a ver al Irak.” Se le había explicado que no se trataba de una cuestión política, ya que una radioantena no sirve para la guerra, sino de un hallazgo sin precedentes que inclusive podría tener consecuencias graves para la seguridad del propio Irán.  “Además”, le dijeron, “en Irak tienen el Tigris y el Eúfrates, eso es una llanura, un valle de sedimentación, nosotros buscamos una montaña...”. “Una montaña con una radioantena en un costado”, aclaró el general.

         Los astrónomos, los que habrían de viajar al Irán a investigar, Rilo y Guillén, y los militares vieron después las fotografías. La del satélite y las de los AWACS eran más o menos borrosas, pero la que había tomado un turista holandés desde su campamento a trescientos metros de la antena era irrefutable: los persas tenían un radiotelescopio en el techo de Teherán.

         —¿Me quiere decir alguien para qué recarajo quieren los iraníes una radioantena?  —había preguntado el general.

         —Para jugar,  señor —había contestado el viejo, acariciándose la barba blanca con dedos largos y finos y oscuros—. Para jugar al ajedrez.

         —Descríbanos el sitio, por favor —dice la vocecita del general por el aparato de radio—. ¿Tuvieron problemas para llegar? ¿Es una radioantena o qué?

         Rilo tuvo que pensar bien antes de contestar: una sola respuesta contestaba una sola pregunta, pero habían hecho tres preguntas, y el tranceptor tenía poquísima batería. Optó por decir:

         —El lugar es desolado, hace frío, queda en la ladera noroeste, no hay nubes —se sintió ridículo diciendo cosas que todos sabían; buscó un plato más fuerte—: El dueño de la antena es un viejo de como cien años, vive aquí con su familia, tres personas más: dos mujeres y un chico de trece años. No tuvimos problemas para llegar. Es efectivamente una radioantena. Una radioantena hecha de madera, señor.

         —No puede ser, Rilo, ¿cómo de madera?

         —Madera de cedro del Himalaya, señor. Los chinos fabricaban ataúdes con eso y duraban dos o tres mil años, los ataúdes quiero decir, sin corromperse... —Rilo pensó en si podía interesarle en algo la historia de las tumbas chinas al general.

         —¿Me está tomando el pelo, Rilo?

         —Señor, habla Guillén; lo que él dice es verdad. La antena es de madera. No es muy grande. El plato tiene unos doce metros de diámetro, lo que calculamos, ¿no?  Pero eso sí, de madera, toda de madera, salvo el reflector...

         —¿Y de qué carajo es el reflector, si se puede saber? —preguntó el general.

         —No lo va a creer, señor...

         —Guillén, se me acaban las pilas. Perdón, la paciencia. ¿De qué es el reflector? ¿De adobe?

         —No, señor; es de cristal y platino. Trabajo a mano, señor, pero muy viejo. El cristal está tallado a mano y bastante desgastado por la erosión... cuarzo, debe ser cuarzo o algo parecido, no sé, la verdad es que no sé. Por debajo del cristal hay una capa muy fina de platino puro. Eso nos lo dijo el viejo, el dueño de la antena. No quiero exagerar, señor, pero este artefacto vale más que la montaña que lo sostiene.

         —No se preocupe, Guillén, no lo queremos comprar. Dígame, ¿el viejo usa la antena? ¿La usa para algo?

         —Soy yo de nuevo, señor, Rilo. No sabemos si la usa, por ahora... Dice que sí, el viejo dice que sí, pero su respuesta es tan descabellada que he llegado a pensar en un error de traducción, o sea, de interpretación...

         —Hable, Rilo, ¿qué le dijo el viejo?

         —Dice que la usa para jugar al ajedrez con Dios.

         —Ah, bueno, excelente. Hágame un favor, Rilo. Cuando se les haya pasado el apunamiento, vuelva a comunicarse, ¿quiere? —y el general cortó.

         A Rilo lo mandaban porque conocía los varios dialectos del Irán. A Guillén por conocer mucho de radioantenas. Ninguno de los dos sabía muy bien a qué iba. Así que después de mirar la antena por todas partes, excepción hecha del interior de la caseta que aquella tenía en la base, se sentaron a sufrir sus desolaciones y a tomar un poco de café. No tenían de qué hablar: uno vivía entre palabras y el otro entre radiotelescopios, ¿cómo iniciar una conversación? Los familiares del viejo y el viejo eligieron no prestarles atención: extranjeros conocían a muchos, y los dos carapálidas eran de los menos interesantes. Así que Guillén y Rilo miraron largamente el macizo en torno, el cielo en Kodachrome, y la caída del sol les fue acercando la sombra agigantada de la antena. Después también desapareció la sombra de la radioantena, tragada por las muchísimas sombras que pueblan una montaña en un país desconocido y lejano. Al rato descubrieron que sería una noche sin luna. Eso ya acabó con sus ánimos. Más que callados, se encerraban en el silencio. Cerca de las doce, se les acercó la más joven de las mujeres que vivían con el viejo. Y aceptaremos el calificativo de “joven” sólo en relación con el de “viejo”, porque la mujer en verdad ya hacía tiempo que había traspasado el categórico umbral de los sesenta.

         —Dice mi padre —dijo— que si les interesa ver lo que hay dentro de la antena, vayan ahora a la casa porque está por recibir.

         —Vamos —dijo Guillén tras oír la traducción de Rilo.

         Primero fueron a la casa de la familia. Estaba también construida con gruesos troncos de cedro del Himalaya, devadara, el árbol de los dioses, pensó Rilo, incorruptible por mor de su casi eterno perfume. El diseño de la casa y sus muebles y utensilios no llamaban en lo más mínimo la atención. Por lo demás, el viejo fue tan parco como antes.

         Al recibirlos les hizo una seña para que se sentaran. “Ya hace demasiado frío fuera”, dijo. Había sido una especie de explicación. Hizo servir una bebida alcohólica a los dos enviados. Ninguno de ellos tomó más que un breve sorbo. Ese líquido parecía realmente plutonio diluido en detergente. Luego siguió un silencio de una hora y media.

Como a las dos de la mañana, el viejo se levantó y les hizo otra seña, esta vez para que lo siguieran. Salieron a la noche helada. Miraron el cielo. Hasta Guillén, acostumbrado al espectáculo, se asombró. "Esto está en órbita", pensó. Siguieron caminando hasta la caseta de la antena. Durante este corto paseo, Guillén y Rilo imaginaron quién sabe qué extravagancias. Si era cierto lo que el viejo decía, ¿qué prodigios habrían de hallar dentro de la caseta?

Dentro estaba completamente oscuro. El viejo dio luz a una lámpara pobrísima y se recluyó en un rincón. Los dos enviados observaron que ahí los prodigios faltaban. Había tan sólo una mesa, un tablero de ajedrez con las piezas dispuestas en una configuración que, luego de aquella noche increíble, ninguno de los dos recordaría. Vieron también algunos modestos tubos de bronce, un par de volantes del mismo metal, por fin algo de metal.

         —Óigame una cosa, Guillén —le había dicho el general en la segunda comunicación por radio—, supongamos que es cierto lo que usted dice, que la antena está ahí desde hace miles de años, ¿por qué tiene que ser de madera? Hace miles de años no estaban en la edad de piedra, ¿no?

—No sabemos aquí arriba en qué edad estaban, señor, piense que hay tribus en África que todavía viven en la prehistoria, por así decir...

         —¡Excelso! —había gritado el general—. ¡Usted me quiere convencer de que los fulanos que construyeron la radioantena ésa estaban en la Edad de Piedra! Supongo que en su opinión los menhires godos serán... no sé, calculadoras electrónicas.

         —Electrónicas, no, señor, seguro que no eran electrónicas, pero, ¿por qué dudar de la inventiva de los antiguos?

         —Usted leyó mucho Von Däniken, Guillén...

         —No, señor, todo lo contrario. En cuanto a la madera, hace miles de años había metal, pero tal vez no lo suficiente para fabricar la antena. Y con esto no quiero decir que hayan sido los mismos habitantes del lugar los que la construyeron...

—¡Enanos verdes! ¡Usted está hablando de enanos verdes! Si sabe lo que le conviene, Guillén, no vuelva... ¡No vuelva! —Y había cortado.

El viejo se tomaba treinta siglos para hacer cada operación. Solamente para abrir la puerta de la caseta invirtió quince minutos. Los goznes estaban algo resecos. Había cuando menos una docena de cerraduras distintas, todas de madera. Cuando entraron, fue lo mismo: el viejo hacía todo con extrema lentitud.

—Pero, ¿usted cada cuánto tiempo entra aquí? —preguntó Guillén notando el aire recargado de olor a resina, un olor como a tumba.

—La última vez que entré yo tenía trece años, como el muchacho que está afuera —contestó el viejo—. Él va a entrar pronto aquí, por primera vez, y yo ya no voy a volver a entrar nunca; por la edad, claro.

—Entiendo, pero, ¿por qué? —preguntó Guillén.

—No pregunte. Observe. Tenga calma.

El viejo, sentado en su rincón sombrío, miraba por el tubo de bronce de diez centímetros de largo y uno o dos de diámetro. El tubo daba a un orificio practicado en la pared. El orificio tenía un par de centímetros de diámetro. Cuando la estrella cayera allí, se formaría una red de difracción, y sería el momento de recibir a Arcturus, la movida mejor dicho, desde su cuarto planeta, un planeta rocoso, como la Tierra digamos, pero reviejo, deshecho moribundo, con tal vez un sólo hombre o algo así como un hombre, esperando, con algo para hacer ahora, por fin, una extraterrestre paciente, casi extinguido, más allá de 1as estrellas, más allá de todo.

         Al rato entró el muchacho. El viejo en ningún momento sacó el ojo de su tubo de bronce. Guillén se preguntaba qué haría el viejo pegado a esa pared. Luego, como se había desorientado en aquella pieza, miró hacia qué punto cardinal apuntaba la pared. Y no deseaba salir por nada del mundo, no fuera cosa que el viejo, por alguna extraña razón, molesto u ofendido, quebrada cierta regla de cortesía que él, Guillén, no era capaz de imaginar, decidiera dejarlo afuera de la caseta. El muchacho se paró frente al tablero de ajedrez y empezó a observar las piezas, la posición de las piezas.

         —¿Está bien? —preguntó el viejo sin despegar el ojo de su tubo de bronce. Su aliento había humedecido la pared de madera lustrosa. Afuera, la temperatura seguiría descendiendo hasta el amanecer.

         —Sí, abuelo —contestó el muchacho. Rilo traducía en voz muy baja.

         —No toques nada.

         —No, abuelo.

         —¡Enanos verdes! —volvió a gritar el general después de colgar el teléfono. —¡Está loco, reloco!

         —¿Qué dice Guillén? —preguntaron los astrónomos algo miedosos.

         —¿Queda lejos Katmandú de esa repodrida montaña? —preguntó el general.

—Sí, bastante lejos, señor...

         —Igual: Guillén está drogado. Habla de extraterrestres.

—¿Por qué no debe tocar nada? —le preguntó Guillén al viejo.

         —Si mueve las piezas, cambia la partida.

         —Sí, lógicamente. Pero, ¿qué problema habría en que cambie la partida? —Guillén, que ignoraba casi todo lo referente al ajedrez, pensó en si no había preguntado alguna estupidez. Y terminó de asustarse cuando le vió la cara al anciano. Había sacado el ojo del tubo de bronce y, por primera vez, lo vieron con alguna expresión en el rostro. Esta expresión era amenazante, pero básicamente indefinible. Tal vez estaba muerto de risa.  Dijo:

         —El problema está en que no es su turno.

         De inmediato volvió la vista a su tubo. Vamos a decir la verdad, aunque duela un poco: ni Rilo, más conocedor de las costumbres islámicas, ni Guillén, buen observador por naturaleza, se habían percatado todavía de la labor del viejo, que consistía en esperar un patrón de difracción en el fondo del tubo de bronce que de por sí ya era una reliquia. Para ellos, y quién sabe qué arcaica confusión los condujo a esta deducción, el viejo estaba orando de cara a la pared. Tal vez hayan pensado que un iraní a 3.000 metros de altura en una montaña se parece en algo a un judío que apoya su frente contra el muro de los lamentos.

Pero estas ignorancias duran poco en circunstancias extraordinarias.

Guillén preguntó:

         —¿Qué es lo que hace usted ahora?

—Espero —contestó el viejo.

         —¿Qué es lo que espera? —preguntó Guillén, traducción mediante, juntando algo de coraje y no poca paciencia.

         —Espero las columnas de luz de la estrella de la casa de Dios.

         —La estrella... —repitió Guillén como un estúpido.

—¿Qué estrella? —preguntó Rilo, compenetrado de la duda de su compañero.

—La única estrella que me puede interesar en este momento, lógicamente.

—O yo ya estoy del todo loco —dijo Guillén— o el que instaló la antena, no pudiendo proveerla de un sistema de seguimiento, reemplazó la relojería por un mecanismo de coincidencia fijo... es perfectamente posible.

—¿Se lo pregunto? —dijo Rilo.

—No, no creo que el viejo entienda nada de lo que hace. Pero vamos a preguntarle para qué, con qué objeto espera ‘ver las columnas...’, ¡pero sí! ¡Si el agujero es lo suficientemente chico, el viejo tiene que ver un patrón de difracción!  Líneas de luz y de sombra, como si fueran columnas...

—Bueno, ¿qué tengo que preguntarle? —dudó Rilo, confundidísimo—. ¿Para qué espera ver las columnas de la casa de Dios?

—Cuando la estrella esté a la vista acá —dijo el viejo señalando su tubo como si fuera un telescopio con un espejo de cinco metros—, recibiremos la jugada. Tendré setenta y cinco segundos para pensar mi movida y responder. Para eso espero. Es simple.

Guillén y Rilo, sin duda, se miraron. Digo sin duda por qué yo también me asombro enormemente de lo que acaba de decir el viejo.

—¿De qué habla, Guillén? Hágame el favor, recapacite —Guillén había vuelto a marcar el número y se había comunicado de nuevo con el general.

—¿Me puede explicar para qué hace esas preguntas absurdas?

—Por favor, señor. Necesito saber qué estrella está a cuarenta años luz de nuestro sistema...

—Alfa Bootis —respondió uno de los astrónomos, sacándole el tubo al general, que se retorcía de risa y no opuso resistencia.

—Alfa Bootis —repitió el microfonito en la oreja del astrónomo.

Ahora el que va a hablar es el chico, y les anticipo que va a ser lo más sorprendente de la noche. O casi.

—Alfa Bootis —repitió el general, colgando el teléfono, y agregó: —Qué pelotudez

—Ustedes dos, los extranjeros, escuchen: ya sabemos lo que quieren averiguar. Ahora que faltan solamente algunos minutos para recibir, poco importa revelarles algunas de las respuestas. No todas, claro está, porque supongo que eso sería mucho inclusive para el lector de este cuento. —Rilo trataba de traducir simultáneamente, pero el chico hacía correr su lengua como para hacer todavía más incomprensible su dialecto. Su hermoso dialecto—. Cuando la estrella esté en el tubo, recibiremos la jugada del hombre que espera en la estrella a la que ustedes llaman Arturo el Boyero. Nosotros le decimos nada más que ‘la estrella’, porque es la única que nos interesa. Las demás no existen, propiamente. La jugada salió de la estrella hace 40 años. Es cierto que la  radioantena no la instalamos nosotros. Tampoco el ajedrez lo instalamos nosotros. La instaló el viajero, que es en realidad Dios. Vino volando y nos lo enseñó, y se fue volando. Bueno... no exactamente a nosotros. Eso ocurrió hace muchísimo tiempo, como tres mil años —Guillén silbó cuando oyó la traducción de Rilo—. Le llevó un rato largo viajar desde su estrella y volver a esa estrella. Pero él tiene tiempo. Hace 1425 años recibimos la primera jugada. Abrió el juego él, claro, para avisarnos de su arribo. Nos sentimos muy felices. Sabe jugar muy bien. Nosotros también. Fíjese en el tablero. Nuestra situación no es tan grave. Es cierto que él juega solo y nosotros hemos sido unas sesenta generaciones de jugadores... —el chico apenas hacia pausas; pese a ello, Guillén pudo introducir en su discurso una pregunta:

—Pero, ¿quién instaló la antena?

—La antena siempre estuvo aquí.

—La antena no pudo nacer aquí, no germinó aquí, ¿quién la colocó?

—Probablemente el viajero, sabía muchas cosas. ¿Quién sino él?

—Pero, entonces, la antena tiene casi tres mil años...

—Si, puede ser. Eso no importa. Mientras funcione.

—¡No importa! ¿Cómo que no importa?

—Lo que importa es jugar. Eso es lo que importa.

—La estrella —dijo el viejo.

—¡Shhh! —indicó el chico. Silencio, y dijo—: La estrella. 

Desoyendo la orden del adolescente, Guillén preguntó:

—¿Qué va pasar ahora?

—Una de las piezas blancas va a moverse.  Son las de Él.

—Las del viajero... —susurró Guillén. Rilo tenía la garganta reseca: para nosotros está callado, pero es quien más ha hablado de todos.

El viejo estaba parado ahora junto al tablero, del lado de las blancas, enfrentando al chico. Guillén y Rilo se habían acercado cuanto creyeron conveniente acercarse. El tablero absorbía la atención de los cuatro. Esperaron durante un minuto. Pero ninguna pieza se movió. El chico alzó la vista con el ceño fruncido. Miró al viejo y dijo:

—¿Qué pasa, abuelo?

El viejo no contestó. Esperaron todavía otro minuto.

—¿No quiere jugar? —preguntó el chico, y era raro que ninguno de los dos haya pensado (ninguno de los cuatro) en que la antena podía estar fallando. Súbitamente el viejo volvió a su silla y miró por el tubo de bronce. Susurró la palabra ‘no’, que hasta Guillén había aprendido, y después gritó esa misma palabra. Un alarido excesivo para la pequeña caseta. Un alarido, además, largo. Tanto como para que Guillén y Rilo llegaran a taparse los oídos, como quien se encuentra cerca de una sirena impredecible. El chico estaba congelado junto al tablero. Por fin reaccionó. Pero fue solamente para llorar. El hielo se derretía. Guillén salió fuera de la caseta y miró el cielo en la dirección en que estaba orientada la pared del tubo de bronce. No había creído realmente la historia del chico. Ahora tenía que empezar a aceptar. Eso siempre duele. En más o menos 35 grados, y era difícil calcular la altura, había una brutal mancha de luz más grande que la luna, más grande que cien mil estrellas. Rilo salió un segundo después. Y al rato traspasó el umbral el viejo, seguido del muchacho. El viejo dijo una palabra que Rilo tradujo como ‘holocausto’.

—‘Holocausto’, ¿por qué? —preguntó Guillán.

—Holocausto quiere decir ‘todo quemado’ —respondió Rilo.

Sonó el teléfono. El general probablemente ya habría avistado también el fenómeno celeste. Los querría de vuelta. La antena podía esperar. Sin embargo, no respondieron al llamado. El viejo había vuelto a entrar. Había más luz afuera, bajo la luz del holocausto. El viejo se había sentado junto al tablero y lloraba amargamente, sin ocultar sus gemidos y sus hipos. Guillén y Rilo aguardaban —no sabían qué aguardaban— junto a la puerta. El chico miraba el monstruo brillando en el cielo. El viejo susurraba ‘no puede ser, no puede ser’. De pronto, una de las piezas blancas se movió.

Un caballo, qué simbólico, había saltado a otra posición. El viejo volvió a gritar. Parecía mentira que un organismo de noventa años contuviera tanta energía. Tal vez estuviera en sus últimas fuerzas. El chico entró apresuradamente al oír la voz del anciano. La voz o eso que se parecía a una voz. El viejo, terminado su grito, observó las piezas de nuevo y movió un  alfil. Guillén quería averiguar qué había pasado. Rilo, que sabía un poco de ajedrez, dijo:

— Fue una jugada apresurada, ¿no?

—Eso no importa. Lo que importa es cuándo vendrá la respuesta.

—No habrá próxima jugada —dijo el viejo.

—¿El viajero ha muerto, entonces? —preguntó Rilo. Guillén estaba absorto sobre el tablero, como si entendiera las estrategias que el pequeño campo de batalla encerraba.

—No, Dios no muere —contestó el viejo—. Pero, ¿quién sabe hacia dónde viaja ahora? No sé qué otras estrellas mirar. Solamente hemos prestado atención a ésta durante milenios. El plato está apuntando a la estrella, pero la ha dejado; Arturo, como le dicen ustedes. Dejó de existir hace cuarenta años, por lo que se ve. El viajero nos lo había advertido. Si supiéramos adónde va, tal vez podríamos hacer otro agujero y esperar a otra estrella, o mover la antena. Pero ya no habrá más jugadas. Es el destino: una mala estrella.

—Abuelo —dijo el adolescente—, ¿por qué el viajero jugó ese caballo?

El viejo observó el tablero otra vez. Frunció el ceño y con ello casi toda su cara, que era entonces un resorte de ideas a punto de soltarse. El chico volvió a preguntar:

—¿Por qué, abuelo?

—Es realmente una mala jugada —respondió el viejo.

—Una jugada apresurada —repitió Rilo—. Ha jugado mientras escapaba de la nova.

—Dios no necesita escapar —contestó el chico, irritado. Y miró al viejo.

—Por lo tanto la jugada significa algo.

—¿Algo? ¿Qué? —preguntó el chico, y Rilo estaba preguntando lo mismo con los ojos. Guillén se había acercado y esperó la traducción.

—El caballo nos indica adónde viaja el viajero, es un hecho. Es tiempo de reflexionar.

Rilo tradujo todo a Guillén. Ambos miraron el tablero durante un rato. Los dueños de la antena y Rilo veían solamente jugadas de ajedrez. Guillén no vio nada de esto, ya que ignoraba casi todo respecto del juego, pero al cabo de un minuto dijo:

—Ya sé. —Lo miraron con atención, inclusive el viejo—. El caballo se mueve en ele —siguió diciendo Guillén—. Si suponemos que en el inicial nos encontramos nosotros y que en el punto final se encuentra la nueva posición, la nueva estrella del viajero, como conocemos el cuadrado intermedio, que es por donde pasó el caballo en su movida en ele, y suponemos que ese cuadrado intermedio representa a Alfa Bootis 1, podremos calcular la posición, la distancia, quiero decir, la hipotenusa del triángulo formado por el movimiento del caballo y determinar así a qué distancia está la nueva estrella del sol.

—Es un cálculo sabio —dijo el viejo—. ¿Sabe hacerlo?

—Sí. Dos cuadrados significan 40 años luz. Un cuadrado, la mitad: 20 años luz. Hay que sumar los cuadrados de los catetos. Eso daría algo así como 2000 años luz. Más o menos. La raíz cuadrada de eso debe andar en 44 o 45 años luz. Ahí tiene que haber una estrella. La distancia de una estrella a la Tierra es como una carta personal, un documento de identidad de cada sol: no hay dos que estén a exactamente la misma distancia. Rilo, vamos a llamar a la base, ahí nos van a informar bien.

Rilo marcó de nuevo los números. En la base les dijeron el nombre, la magnitud, la composición, latitud, azimut y número de planetas que giraban alrededor de la nueva estrella. La distancia era 44,67663 años luz. Guillén, viendo una sonrisa en la cara del viejo, en la cara de la nova, que brillaría durante semanas, y en las montañas lejanas, sobre las que el sol del día empezaba a reflejarse, dijo:

—Rilo, vamos a hacerle caso al general: no vamos a volver a la base. Nos quedamos acá. El viejo necesita poner en posición esta antena. Por otra parte, si volvemos vamos a tener que escribir un largo informe que nadie va a creer y que nadie va a leer. Acá hay algo importante para hacer. Yo diría fundamental. —Y dirigiéndose al anciano y al chico, que todavía sonreían mirando el tablero, agregó—: El único problema está en que la nueva estrella se encuentra a casi 200 años luz de Arcturus. La distancia intermedia en el camino del caballo fue tan sólo una convención para que descifráramos el enigma. La realidad es otra...

         —Como el bien y el mal, ¿no cree? —dijo el viejo.        

         —Creo que sí. Bien, al viajero le va a llevar como 2.000 años ir de una estrella a la otra. Hasta entonces no habrá más ajedrez.

         —No importa —dijo el chico, que estaba condenado a nunca jugar con Dios—. Todos aquí somos gente paciente.