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LA HORA DE UNA PARTIDA |
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Alejandro Iglesias |
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Puede ser cierto que a cada hora, que a cada instante, surja una historia y, al no ser parte de ella, pase desapercibida. Aunque tal vez alguien, en definitiva, se sienta identificado, sin saber quizás que en ese momento está haciendo su propia historia. Para los habitantes de Villa Venado, las tres de la tarde es un hora que no tiene nada de especial. Ese tiempo calmo, de prolongaciones de sueños, de otoños ventosos, de soles en plazas invernales y, sobre todo, de vidas serenas, conformaba algo así como un sepulcro común: ¿dónde ir, si parece no haber nada más allá?. A ese momento, de sigiloso silencio, se asoció un juego y una historia, guardada profundamente a salvo de curiosos. El reloj de ajedrez, al igual que el de la vida misma, marcaba las tres de la tarde. El joven --de aspecto fino y elegante, tez blanca, algo delgado y manos de pianista- recorría el escenario del cine convertido en teatro en el pueblo norteño y provinciano. Mientras las tablas crujían bajo sus pies, en los minutos que habían marcado el inicio del decisivo partido del campeonato, voló por su mente que tan cerca estaba de tocar el cielo con las manos. Una extraña sensación lo invadía. Sentarse frente al tablero y prender un cigarrillo no lo ayudaba a mantener quietas sus neuronas ante semejante momento de gloria. Una gloria a la que Alejo Garrido ya conocía de pequeño, cuando a los ocho años y arrodillado en una silla, repartía jaques y mates a testarudos adversarios ante la mirada orgullosa de su madre. Ella, que se encargó de armarle el álbum con recortes de tantos éxitos, acostumbraba a acompañarlo en esas largas siestas en el bar de su cuñado, quien en esas ocasiones arrimaba las puertas para que el silencio fuera completo. Sólo pasaron quince años desde que se juró vencer al ídolo de varias generaciones, su propio ídolo. El que había venido desde la capital a defender su trono y bien ganado prestigio. Necesitaba medio punto, un empate, y le lloverían elogios, viajes e irresistibles ofertas. Quizás por eso no se percató en ese instante del lugar vacío en la primera fila, en el que María parecía estar siempre con una sonrisa que, a la vez, escondía esa mirada tan lejana. Por la escalera de la casa de techos bajos y paredes descascaradas, calcada a las de toda la Villa, retumbaban las campanadas de las tres de la tarde como el corazón de María, mientras apresuraba el cierre de una maleta. Sus recuerdos estaban frescos todavía. Desde la vez en que la plaza se vistió de fiesta por los partidos simultáneos que brindaba un apuesto jugador visitante, hasta cuando aquella mirada penetrante, que quedó grabada en su mente, se reflejaba en los ojos del pequeño Alejo al aprender los rudimentos del ajedrez. La partida de su esposo de ese mundo de sesenta y cuatro casas la había dejado sin otra ambición que su hijo llegara lo más lejos posible en ese intrincado juego para poder salirse del tablero. Su madera aún mostraba curvas suaves e iluminadas y se resistía a la condena común de Villa Venado: terminar allí, podrida o envejecida. El antiguo reloj de la estación de tren, como aquel de ajedrez, cantaba con voz ronca las tres de la tarde. Las tablas del andén se unían como sonido fantasmal en el lento caminar de Gustavo Dellanor. Quiso prender un cigarro, pero recordó esa neumonía del mes pasado y desistió de ello. Al fin y al cabo ya había pitado todo en la vida. Conocía como pocos ese momento que invade al hombre ante situaciones extremas. Claro, si durante más de dos décadas había sido imbatido y reverenciado. Atrás habían quedado sus ideales juveniles, enterrados por la realidad mundana. Su mirada se volvió penetrante cuando descubrió ese juego, otro mundo con menos hipocresía. Ese juego le brindó todos los placeres por haberse sometido a sus leyes. Únicamente su corazón, estaba algo gastado de la fiel y solitaria compañía de alfiles, torres y peones. Fue entonces cuando se le presentó la oportunidad de dejar allí, en ese pueblo, esa valija en la que cabían todos los reconocimientos. Para Gustavo, el final del camino, como el de todo rey de ajedrez, debía estar atado al mismo de la dama. Ella era morena, de curvas aún lustradas y, ahora, mirada encendida. La ansiedad nunca había sido invitada a Villa Venado y menos por su gente. Es por eso que el paso de los minutos trascurrían sin desperezarse en el teatro. Sólo el protagonista insinuaba un desconcierto porque el tablero parecía sugerir la sensación de que alguien intentaría moverse inesperadamente. El árbitro del encuentro recibió el sobre y con la solemnidad del caso se lo entregó a Garrido. "Lamento las circunstancias y, obviamente, no poder asistir a ofrecerle las tablas para su coronación. Igualmente, usted sabrá defender el prestigio de este milenario juego como un verdadero campeón". En el escenario se apresuraron a guardar el reloj y el ajedrez, en tanto los aplausos del público, que un Alejo exultante intentaba acallar, se mezclaron con la inconfundible y lejana marcha del ferrocarril. Uno de sus vagones cargaba al más allá un juego y una historia. Dellanor, inclinado sobre la ventanilla, se sumergía en la paz de su sueño, mientras María, resplandeciente como la más poderosa pieza de ajedrez, apoyaba la cabeza en su hombro. |